Efraín Borrero E.
Hace pocos días se llevó a cabo el homenaje organizado para honrar la ejemplar vida de Rubén Darío Ortega Jaramillo, nacido en Loja el 15 de septiembre de 1929. El Teatro de la Casa de la Cultura Ecuatoriana Núcleo de Loja estaba repleto hasta la bandera, usando la expresión acuñada en su momento por los reporteros taurinos para decir que no cabía una persona más.
Fue una efusiva manifestación de afecto al hombre caballeroso, espontáneo, íntegro y amigo sincero; así como el reconocimiento a sus virtudes y a su brillante trayectoria intelectual, profesional y de servicio público.
El acto estuvo revestido de distinción y sobriedad, tanto porque las circunstancias ameritaban cuanto porque ese fue el propósito del grupo de damas organizadoras, entre las que se cuentan: Susana Álvarez, Sonia Ruiz, Cecilia Moscoso y Gloria Barba.
Los discursos fueron suficientes para expresar la grandeza del homenajeado. Diego Naranjo Hidalgo, director de la Casa de la Cultura Ecuatoriana Núcleo de Loja, con su destacada y reconocida oratoria hizo la presentación del acto. Las autoridades de la provincia, la Asamblea Nacional y otras instituciones locales se adhirieron al tributo.
El uso de vocativos fue mesurado evitando repetirlos una y otra vez como generalmente ocurre. Juan Fernando Salazar, articulista de Diario El Comercio comentó hace algunos años que había asistido a la “Exposición Universal de Sevilla” en España, y que, por encima de la magnificencia del acontecimiento lo que más le había gustado fue el empleo de los vocativos y los discursos cortos en actos oficiales. Decía que, estando los reyes, la mención era: Majestades, señoras y señores. No estando ellos, simplemente señoras y señores.
Un gran amigo que ejerció funciones importantes en Polonia me comentó que, en los actos formales, quien hace las veces de maestro de ceremonia o presentador menciona al inicio las personas que integran la mesa directiva y a otras más que se desee recalcar, y que en las intervenciones previstas a continuación los nombres de esas personas no se vuelven a aludir.
Rubén Ortega junto a su amada, inseparable y fiel esposa, la lojana Alba Isabel Cabrera Bayancela, primera médica patóloga que contó la ciudad de Loja, disfrutaban en la mesa principal de los emocionados aplausos que con calidez brindábamos los presentes.
Cuando estudiante del Colegio Bernardo Valdivieso, Rubén Ortega vio por primera vez a Albita Cabrera, ya que ella fue designada reina de ese emblemático establecimiento educativo; pero eso fue al paso. Luego se encontraron circunstancialmente en el río Boquerón, en el valle de Catamayo, sitio al que las familias lojanas acudíamos para gozar de un baño abrigado por el clima.
Cada cual estaba con su grupo en la orilla del río que habían tomado posesión. Las condiciones no eran propicias como para que Rubén sacara a relucir su gran calidad de nadador como lo hacía en la piscina municipal construida junto a lo que hoy es el Estado Federativo Reina del Cisne, sitio al cual acudía frecuentemente para practicar su deporte favorito.
Con su especial estilo, Hernán Soria Celi cuenta que era fácil distinguir a Rubén Ortega cuando asomaba por la prolongación de la calle Lourdes con la toalla colgada al cuello, saludando con sonrisa gentil y un aspecto muy singular por su original estilo al caminar.
Dice que en cierta ocasión él pudo presenciar que Rubén, luego de tomarse una refrescante ducha, se zambulló sin levantar agua e inició una lenta y larga travesía para deleite de los espectadores. Algunos muchachuelos coreaban regocijados el número correspondiente cada vez que alcanzaba el respectivo “largo”: uno, dos…cinco…veinte…cien, y muchos más. No era la velocidad lo que sorprendía, como el caso de Johnny Weismuller, el legendario Tarzán, sino su capacidad de resistencia.
En otra oportunidad Rubén y Albita se encontraron en el cementerio municipal por algún funeral, y fue ahí que cruzaron palabras sintiendo algo extraño dentro de ellos. Estoy seguro que fue el flechazo que dio inicio a un idilio que con el tiempo se fortaleció.
En esa relación romántica, Rubén se desprendió del protocolo social acostumbrado, que consistía en encontrar el momento apropiado para declarar el amor a la mujer de los sueños y esperar sesenta días para la respuesta. Su personalidad no le daba para eso y obró con frontalidad y sin rodeos: al pan, pan, y al vino, vino. Albita se allanó a ese estado de cosas porque su amor por él también era creciente.
La forma cómo se dio el matrimonio confirma ese aserto. Cuenta Albita que para casarse no pensaron mucho. Los dos estuvieron de vacaciones en Loja porque Rubén residía en Lima por razones de trabajo en Muñoz Hermanos, propietarios de la famosa Librería Selecciones, y ella en la Perla del Pacífico por sus estudios en la Facultad de Medicina de la Universidad de Guayaquil; por eso se veían ocasionalmente.
En cierta noche Rubén fue a casa de Albita y le dijo de pronto: casémonos mañana; sé que no dudas de mi amor, pero si es necesario me abro el pecho y te enseño el corazón. Albita aceptó con firme decisión, a pesar de que la propuesta desafiaba la oposición de los padres de familia.
Su amigo Marco Aguirre Apolo se encargó de las gestiones con Javier Riofrío que era jefe político, así como del cura párroco de la Iglesia de San Sebastián. Al templo acudieron únicamente los dos. El sacerdote exigió que al menos haya un testigo. Rubén salió apresurado y regresó con el primero que encontró.
Desde entonces el matrimonio de Rubén Darío Ortega Jaramillo y Alba Isabel Cabrera Bayancela ha sido un ejemplo de virtudes y valores transmitidos fielmente a sus dos destacadas hijas: Lucía y Judith, y a sus descendientes, uno de los cuales, Rubén Astudillo Ortega, triunfa con sus notables esculturas en Italia y se destaca como estudiante de la Academia de Arte de Florencia. En reconocimiento a sus méritos el Ilustre Municipio de Loja lo distinguió con una presea, el 18 de noviembre del 2023.
Rubén Ortega Jaramillo declaró en algún momento que “el matrimonio no es un contrato; por el contrario, es la empresa más importante de la vida, donde debe abundar la comunicación, respeto y amor”. En esa línea de interpretación habría que decir, coloquialmente, que el modelo de gestión aplicado ha sido muy exitoso, porque él y su familia, además de los méritos y logros alcanzados, han conquistado el afecto, simpatía y consideración por parte de la colectividad lojana.
Con ocasión de las Bodas de Oro matrimoniales escribió el poema titulado Recuento, cuyo primer verso reza: “No es feliz solamente el que ha cumplido/ su ambición de llegar a una meta; / es también como dijo aquel profeta / quien va por el camino que ha elegido”.
Rumbo a sus 95 años, Rubén Ortega Jaramillo disfruta intensamente del cariño familiar y se siente dichoso y realizado. Decía Hélder Cámara, célebre arzobispo brasileño: «Feliz de quien cruza la vida entera teniendo mil razones para vivir».
Con los “Gatos” Ortega nos conocemos desde el añorado barrio de la Sucre, entre Catacocha y Lourdes, en cuya intersección estaba la casa de sus padres, el eximio poeta y maestro Emiliano Ortega Espinosa y su maravillosa esposa Julia Jaramillo Carrión. Nuestra relación de amistad era una hermandad; creíamos ser primos o algo por el estilo. A mi padre le decían tío.
En aquel tiempo apenas culminaba mis estudios primarios y Rubén Ortega los universitarios en la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Nacional de Loja. Luego de algunos años nos encontramos en la misma Facultad cuando fue mi luminoso maestro en las asignaturas de Introducción al Derecho, Gramática Superior y Deontología Jurídica, en cuyas enseñanzas inculcaba amar la libertad sin la cual no es posible ni el derecho ni la paz ni la justicia.
La relación de amistad con los Ortega Jaramillo hizo posible que, con mi querido y recordado Benjamín, me llevara como un hermano del alma; así me manifestaba reiteradamente. Por él conocí que Rubén Ortega, que es el mayor de ellos, con su ejemplo y acciones se constituyó en el ídolo de sus hermanos, así como referente de grandes virtudes, como la solidaridad, especialmente desde que cuando Don Emiliano, como afectuosamente lo llamábamos, falleció el 25 de marzo de 1974.
Con su pluma, Rubén Ortega Jaramillo ha recorrido magistralmente el campo de la literatura en diversos géneros, así como del Derecho. Gusta de la música y con su sencillez y espontaneidad integró la Rondalla del Colegio de Abogados de Loja. Ha practicado varias disciplinas deportivas como la natación, ajedrez, tenis y fútbol. En la Función Judicial ha desempeñado varios cargos y en diversos ámbitos; y, como alcalde, entregó toda su capacidad para procurar el desarrollo de Loja. En mérito a su trayectoria se le ha otorgado múltiples condecoraciones, incluyendo las de Lima y Trujillo en el Perú. A eso se debe, seguramente, que el destacado escritor lojano, Stalin Alvear, manifestara que Rubén Ortega es una de las personas más recursivas y completas que él ha conocido,
Sentidas felicitaciones a su digna esposa Alba Isabel Cabrera Bayancela y a sus encantadoras hijas Lucía y Judith, por el merecido homenaje al preclaro e intachable hijo de Loja, Rubén Darío Ortega Jaramillo, a quien renuevo mis sentimientos de amistad, admiración, afecto y respeto.
