VIVIR LA SEMANA SANTA

P. MILKO RENÉ TORRES ORDÓÑEZ

Nos encontramos en la cercanía de una de las mayores celebraciones religiosas en la historia de la humanidad. La Semana Santa, desde la vivencia del ámbito cristiano, actualiza uno de los misterios fundamentales en nuestra fe. Jesús, el Hijo de Dios, sufre, muere y resucita para demostrar la intensidad del amor de Dios. Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo para sellar una Alianza Nueva y Eterna.

La Semana Santa une las principales celebraciones en el calendario litúrgico cristiano.  El Triduo Pascual es el período que comienza el Jueves Santo, conmemoración de la Cena del Señor y concluye el Domingo de Pascua. Todas estas celebraciones las preparamos durante cuarenta días en la Cuaresma. La prolongamos durante cincuenta días hasta la fiesta de Pentecostés. Cada domingo celebramos nuestra “Pascua de la semana”. En cada Eucaristía anunciamos a Jesucristo que murió y resucitó. La Semana Santa ha logrado alcanzar mucha importancia en vida espiritual, litúrgica, bíblica y teológica. Los días de este tiempo son especiales. Entendemos, en consecuencia, la razón por la cual la Iglesia insiste en la seriedad de su preparación y en la vivencia de su esencia. Durante los últimos días de la vida terrena de Jesús tuvieron lugar un sinnúmero de hechos que forjaron una historia con un epílogo determinante en el acontecer de la humanidad. Mencionamos algunos: la resurrección de Lázaro, la expulsión de los mercaderes en el Templo, la entrada triunfal de Jesús en la Ciudad Santa, las controversias de Jesús con las autoridades religiosas judías, su manera de predicar, la celebración de la Cena Vespertina del Señor en un jueves memorable, la pasión, muerte, sepultura y resurrección. Esta última selló para siempre el fundamento de nuestra identidad, tal como dijo San Pablo: “Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe”.   Ninguna semana en la historia de la humanidad ha podido dejar tantas huellas en casi todos los ámbitos del arte, de la literatura, de la música. Para los primeros cristianos no fue tan difícil valorar su auténtica significación. San Pablo, primero, luego los autores de los evangelios impregnaron su misión y sus escritos con los dichos y los hechos de Jesús. San Juan expresa con realismo su experiencia de fe como discípulo amado: “Hay además otras muchas cosas que hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que ni todo el mundo bastaría para contener los libros que se escribieran”. Con la solemne entrada de Jesús en Jerusalén, levantando nuestros ramos, proclamamos que está cerca su victoria. Aunque sintamos que está cerca su muerte, también está cerca la vida eterna. Nosotros, hombres y mujeres, somos personas bendecidas por Dios, puesto que la esperanza que nos ha inundado es la mayor fuerza que la rebasa y la supera en plenitud. Esta virtud teologal va más allá de la vida y de la muerte. Desde la sensibilidad de san Agustín mantengamos el sublime equilibrio junto al cuerpo glorioso de nuestro Señor Jesucristo. Su cuerpo resucitado es el verdadero cuerpo, entregado por nosotros, adornado con el misterio que penetra y traspasa las leyes del mundo que pretenden explicarlo todo a su manera. La Semana Santa es tiempo de alegría y gracia.