Todos nos hemos levantado alguna vez con el pie izquierdo, en alguno de esos días en los que quizá hubiese sido preferible quedarse en la cama porque nuestro ánimo no es de lo mejor, llegando a estar enojados y muy irritables. De igual manera, hemos tenido esos días en los que uno se despierta con una mentalidad super positiva, en la que creemos que todo es posible.
Estos cambios dependen en gran manera de nuestras emociones. Y es que ellas son ese conjunto de reacciones orgánicas que experimenta un individuo ante ciertos estímulos externos y se caracterizan por ser una alteración del ánimo de corta duración, pero de mayor intensidad que un sentimiento, son las causantes de diversas reacciones orgánicas que pueden ser de tipo fisiológico, psicológico o conductual. Es decir, son reacciones que pueden ser tanto innatas como influenciadas por las experiencias o conocimientos previos.
Los seres humanos no podemos suprimir nuestras emociones, de hacerlo seríamos como máquinas frías y calculadoras y si en cambio nos dejamos llevar por ellas, haríamos cosas de las que luego nos arrepentiremos. Nuestras emociones desempeñan un papel crucial en nuestras relaciones interpersonales. La forma en la que las manejamos puede afectar nuestras amistades, matrimonios y relaciones familiares, por lo que la única opción es mantenerlas bajo control. Pero, ¿cómo hacerlo?
El libro de Proverbios nos dice que, “el necio da rienda suelta a toda su ira, pero el sabio, al fin, la controla» (Proverbios 29), lo que pone de manifiesto la importancia de ejercer autocontrol sobre nuestras emociones, especialmente en momentos de conflicto o desafío. El apóstol Pedro decía «Pongan todas sus preocupaciones y ansiedades en manos de Dios, porque él cuida de ustedes» (1 Pedro 5), y es que, al acercarnos a Jesús en oración y entrega, podemos experimentar su sanidad y restauración en nuestras emociones. La ayuda del Señor en momentos de ansiedad y preocupación es invaluable. Con Él permitimos que el amor, la paciencia y la compasión guíen nuestras emociones, y podemos construir relaciones saludables y edificando a aquellos que nos rodean.
Muchos luchan con sus emociones y esa no es una batalla fácil, la buena noticia es que Jesús vino a traer sanidad y restauración a todas las áreas de nuestras vidas, incluyendo nuestras emociones. Él entiende nuestras luchas y está dispuesto a ayudarnos. La victoria no está nuestras fuerzas, sino en el poder del Espíritu, recuerda que “no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio” (2 Timoteo 1).
