Efraín Borrero E.
César Enrique Carrión Rojas nació en Catacocha el 09 de febrero de 1916 y falleció en Loja el 07 de mayo de 2019, a la edad de 103 años. Hasta el último instante de su vida se mantuvo vigoroso, fuerte y cargado de energía.
Así se mostró cuando en febrero del 2018 fue agasajado con bombos y platillos por sus hijos, nietos y bisnietos, en medio de un intenso cariño familiar; aquel cariño que sólo es posible cosechar cuando se ha sembrado en tierra fértil.
En el contexto colectivo las personas centenarias son una excepción. Algunos suelen decir que viven como Matusalén, aquel personaje bíblico del Génesis, abuelo del patriarca Noé que participó en el gran diluvio universal; pero no cabe la comparación porque según dice el texto bíblico Matusalén vivió 969 años.
Conocí la fortaleza y otros pasajes de la vida de César Enrique a través de Ricardo Jaramillo Ruiz, próspero industrial propietario de Mefunjar, casado con Gloria Carrión Vivanco.
Me comentó que su suegro fue un hombre muy cálido y expresivo con la familia y con cuantos lo conocieron. Desde su juventud escribió poemas y otros trabajos literarios, prevalido simplemente de su aptitud ya que no tuvo formación alguna en ese ámbito.
También cantaba y lo hacía muy bien. Junto con Humberto Guerrero, Augusto Guerrero, Pipo Martínez y Humberto Vivanco, aficionados a la música, daban serenatas a las chicas de Catacocha.
Cuando frisaba los 22 años de edad se enamoró perdidamente de una hermosa joven catacochense: Delia Victoria Vivanco Ochoa, que era menor de edad. Por supuesto que ella le correspondió con su corazón abierto.
El padre de Delia Victoria llegó a conocer esa relación amorosa y adoptó la decisión drástica de enviarla a la hacienda de su propiedad, situada en Tunaspamba, parroquia Cangonamá, para que esté lejos de la mirada de su primer y gran amor.
Así procedían algunos padres de familia que se oponían a ciertas relaciones amorosas de sus hijas; simplemente no les gustaba el pretendiente porque no era el príncipe azul que esperaban y reaccionaban irritados hasta proferirles amenazas. Los jóvenes enamorados vivían acosados y atormentados sin poder conversar libremente, y no les quedaba otro recurso que valerse de cartas como una herramienta de comunicación.
Desesperado César Enrique por lo ocurrido, trataba de comunicarse con Delia Victoria a través de algún mensaje escrito, pero todo intento fue infructuoso, hasta que encontró el apoyo y comprensión de Leticia, hermana mayor de Delia Victoria, con quien le hizo llegar una carta escrita como un poema en cuatro estrofas, en la primera de las cuales le decía: amor de mi vida, no puedo olvidarte / yo siempre recuerdo tu dulce mirar / y cuando lloroso, empiezo a llamarte / en mi vida siento, profundo penar. Delia Victoria se sumió en llanto y rogó a su hermana Leticia la guardara para que su padre no se enterara.
Años más tarde llegó a Catacocha el reconocido compositor y guitarrista quiteño, Gonzalo Moncayo Narváez, al parecer por asuntos políticos, y se hospedó en casa de Leticia una mujer muy relacionada. Fue en esa ocasión que le entregó aquel poema de César Enrique que luego el compositor lo musicalizó dando vida al hermoso pasillo Ausencia, que ha sido interpretado por el Trio Los Brillante, el Dúo de los Hermanos Villamar y otros.
Lo sorprendente es que en las portadas de discos y en las obras relacionadas con el ámbito musical ecuatoriano, como la de Edwing Guerrero Blum: “Pasillos y Pasilleros del Ecuador. Breve antología y diccionario biográfico”, no consta César Enrique Carrión Rojas como autor de la letra del pasillo Ausencia, algo que tiene que repararse cuanto antes.
Esta historia de amor tuvo un final feliz: César Enrique Carrión Rojas y Delia Victoria Vivanco Ochoa contrajeron matrimonio en 1940 formando una familia maravillosa cuya larga descendencia los recuerda con inefable cariño.
Ricardo Jaramillo me hizo saber que César Enrique Carrión Rojas, al año de casado, en 1941, investido de un profundo espíritu cívico decidió unirse a los soldados del ejército ecuatoriano apostados en la zona de frontera para enfrentar el conflicto bélico. Junto a un contingente de unos veinte jóvenes voluntarios se trasladaron caminando hasta Celica y desde allí hasta Paletillas a lomo de mula. Les entregaron fusiles y había que esperar el cargamento de municiones; pero, oh sorpresa, cuando abrieron los cajones solo encontraron casquillos. La indignación colmó a los soldados y voluntarios hasta las lágrimas.
En Catacocha, César Enrique aprendió de su padre Froilán Carrión Vivanco el arte de fabricar muebles metálicos, lo que a la postre constituiría su futura actividad productiva en la que hizo prevalecer su gran visión empresarial.
El 23 de diciembre de 1960 decide radicarse en la ciudad de Loja con su familia y establecer la empresa “Muebles Carrión”, constituyéndose en pionero de la industrialización metal mecánica, que cada vez se consolidaba en el mercado regional.
Con su carisma y trabajo ejemplar propició un ambiente laboral altamente productivo que fue determinante para el crecimiento empresarial. Ricardo Jaramillo asegura que, gracias al trabajo de calidad, “Muebles Carrión” logró una alta demanda de obras corporativas. Cita, por ejemplo, el primer mobiliario que tuvo la Clínica San Agustín, así como la Clínica Loja; las butacas de los teatros, Bolívar, Casa de la Cultura, Universidad Nacional de Loja, Beatriz Cueva de Ayora y La Inmaculada. A ellos se sumaron varios establecimientos educativos de la provincia.
Su nieta Victoria Carrión Palacios dijo hace algún tiempo que “después de treinta años de matrimonio la vida de Don Enrique cambió drásticamente. Tuvo que superar una de las pruebas más difíciles de su existencia, cuando en 1968, tras una larga enfermedad, perdió a su esposa y quedó a cargo de la formación de sus hijos”.
Recalcó que “uno de los más gratos recuerdos que atesoran sus hijos y nietos es su profundo amor a quien compartió su existencia: Doña Delia Victoria. Como muestra de ese amor, Don Enrique jamás quiso volver a casarse y a diario recuerda anécdotas y poemas que para ella escribió”.
De los cinco hijos que procrearon los esposos César Enrique Carrión Rojas y Delia Victoria Vivanco Ochoa, cuatro fallecieron: Alcívar, Aníbal, Carlos y Vinicio. El segundo de ellos: Aníbal, también tuvo vena de compositor; el Trio los Corales de la ciudad de Loja interpreto tres de sus canciones.
La única hija que vive es Gloria Carrión Vivanco, quien está empeñada en publicar un libro sobre la vida edificante de su distinguido padre, destacándolo como un trabajador incansable, visionario, honesto a carta cabal y amante como pocos de su familia.
Pero además está en contacto con el Maestro Paco Godoy para que el pasillo Ausencia sea interpretado por la cantante azogueña Nátali Palacios, incluyendo todas las estrofas que en su poema escribió su padre.
Como Ausencia hay otros pasillos que han pasado desapercibidos al conocimiento de los lojanos, como Cumandá, cuya letra corresponde al laureado poeta Benjamín Ruiz y Gómez, musicalizado por Estanislao Pesantez y popularizado por la gran cantante Olguita Guevara Bonilla.
César Enrique Carrión Rojas fue un personaje que junto con su familia generó progreso y desarrollo en Loja, y se suma a la pléyade de distinguidos hombres y mujeres que ha dado la hermosa tierra catacochense. Lamentablemente, es de aquellos nombres que se han mantenido a la sombra de la historia.
