P. MILKO RENÉ TORRES ORDÓÑEZ
En el camino misionero de la vida de la Iglesia nos encontramos con etapas significativas que nos hablan de una historia de salvación. Hablamos del tiempo de la cercanía de Dios con su pueblo. Un solo Dios que se une en Alianza con su Pueblo. En este domingo celebramos la Solemnidad de la Ascensión del Señor.
Ubicados en una clave cronológica nos enriquecemos, en primera instancia, con el mensaje del Evangelio según san Marcos. De una manera sucinta, este autor nos comparte un drama en varios actos. Su punto de partida es la resurrección del Señor. Los Once, inmersos en el ambiente pascual, reciben con expectativa el mandato misionero que alcanza una dimensión universal: “Vayan por todo el mundo…”. Resulta interesante el recurso a su imperativo que implica caminar, dar testimonio de vida, predicar, salir”. Una vez más prevalece el verbo “dar”. El Papa Francisco ha insistido en la riqueza de la misión de todo bautizado. Nos ha enviado a salir a la periferia.
Al encuentro con todo tipo de culturas, entornos y personas. Jesús predicó con el ejemplo. A modo de referencia me remito al encuentro de Jesús con la mujer Samaritana. Al igual que ella tenemos un vacío en nuestro espíritu. Buscamos llenar nuestra alacena con cosas superficiales. Estamos acostumbrados a vivir como gestores compulsivos de nuestro querer y sentir. Jesús sacia la sed de esta mujer como hizo con María Magdalena. Su manera de acoger, hablar, mirar, llegar al corazón de quienes buscan a Alguien que se convierta en el referente positivo de sus necesidades, es pedagogía y testimonio trascendente. Amor, en su verdadera dimensión. La medida del amor de Jesús, enseñan algunos Padres de la Iglesia, es entregar el amor sin medida. Solo un corazón que palpita misericordia nos entiende. En la singular profundidad teológica del Nuevo Testamento Jesús nos invita a recibir un bautismo de fe. Un prerrequisito para celebrar con gozo la plenitud de la salvación. Tanto más que ver signos prodigiosos, Jesús es el milagro del amor verdadero.
El testimonio de la comunidad cristiana que va formándose rezume por todos lados la alegría del quehacer apostólico: “El Señor actuaba con ellos y confirmaba su predicación…”. San Pablo, por su parte, refuerza la riqueza del llamamiento recibido: “Los exhorto a que lleven una vida digna…”. El testimonio de vida satisface el deseo de conocer una verdad suprema. Destaca Pablo: “Cada uno de nosotros ha recibido la gracia en la medida en que Cristo se la ha dado…”. Un testamento que no admite objeción. Los carismas que cada uno ha recibido deben convertirse en dones.
Llamados a amar y servir. San Lucas se permitió investigar con suma diligencia todo lo que Jesús hizo y enseñó, hasta el día en que ascendió al cielo. La promesa de un Espíritu renovador se ha convertido en una realidad. La tarea misionera de la Iglesia siempre será viva y eficaz porque nunca les va a faltar la asistencia divina. Sin embargo, Jesús nos conmina a mirar al cielo, pero con los pies en el suelo. Testigo del amor de Dios, va a volver. Nuestro afán misionero no puede diluirse en la pasividad de los acontecimientos diarios.
