Por Santiago Armijos Valdivieso
Mirar películas en un cine siempre será un goce superior que hacerlo en un televisor, por más grande y sofisticado que este sea.
Sentarse en una butaca de un espacio oscuro, para escapar del mundo de la realidad y sumergirse en las historias que se proyectan en una pantalla gigante de nítidas imágenes, junto a impresionantes sonidos, resulta uno de los grandes placeres de cultura y esparcimiento.
Si a esto se agrega la compañía de familiares y amigos, más alguna golosina calórica que ayude a estar más despiertos, la sensación de bienestar se agiganta, como fórmula ideal para conjurar la monotonía y las dificultades de la vida.
En ese contexto, vale la pena identificar al escenario de cine más importante que ofreció la ciudad de Loja en las tres últimas décadas del siglo pasado, en las que la pantalla grande reinaba entre los cinéfilos.
Aunque por espacio de esta columna relataré solamente recuerdos de Teatro El Dorado, debo precisar que en esa época también funcionaban los cines: Vélez, Popular, Grand Rex y Loja.
Escribo sobre Teatro El Dorado, porque para quienes fuimos adolescentes y jóvenes en los ochenta, este fue el icónico sitio de encuentro cinematográfico para los lojanos.
Empezaré diciendo que dicho teatro estuvo organizado bajo la figura de una compañía de responsabilidad limitada de nombre VALVESA, cuyos socios fundadores fueron los emprendedores lojanos: José Vicente y Juan Ignacio Valdivieso Eguiguren, Carlos Enrique Vélez y Guillermo Salas Sevilla.
La compañía VALVESA fue constituida por escritura pública el 20 de abril de 1966, ante el notario Dr. Marco Antonio Muñoz Muñoz, con una capital social de 800 000 sucres, pero las puertas del teatro se abrieron al público el 19 de marzo de 1967.
La verdad es que la acertada iniciativa de estos visionarios y valiosos vecinos de nuestra urbe, no solo que expandió las alternativas de distracción cultural de los lojanos, sino que abrió una ventana internacional para observar y entender las tendencias sociales del mundo, mediante el hechizo del séptimo arte.
El Teatro El Dorado funcionó en la calle Bernardo Valdivieso, entre Rocafuerte y 10 de agosto, en un cómodo y funcional edificio de tres plantas, en el que de lunes a domingo se proyectaban los últimos largometrajes del momento. Allí, muchos lojanos quedamos maravillados con filmes inolvidables como El Padrino, Taxi Driver, La naranja mecánica, Tiburón, Fiebre de sábado por la noche, El Exorcista, Rocky, Superman, El resplandor, Guerra de las galaxias, El imperio contrataca, El regreso del Jedi, En busca del arca perdida, Cinema Paradiso, Volver al futuro, E.T. (el extraterrestre), Mad Max, y tantos otros, cuyas imágenes aún son recordadas por muchos.
Las funciones nocturnas iniciaban a las siete y quince de la noche. El ingreso era controlado por el señor Rogelio Zúñiga, quien, con su elegante traje lacre y gorra de gruesa visera, imponía orden al momento de recibir los boletos y hacer respetar la fila. El espectáculo incluía dos películas que eran proyectadas por el maquinista Víctor Cango, a quien nunca se lo veía, pero por natural curiosidad se lo identificaba en la calle. Especialmente, los fines de semana, el evento cinematográfico terminaba a la vuelta del cine, calle 10 de agosto, en el Bar-Cafetería Express, el más vanguardista de la época, en el que se ofrecían hamburguesas, perros calientes y salchipapas fritas con mayonesa.
Los domingos había función especial de matiné que empezaba a las dos de la tarde e incluía un receso, entre películas, de quince minutos, para que los espectadores puedan acercarse al Bar La Chonta, de propiedad de la familia Arpi, a ingerir bebidas y saborear empanadas fritas con queso, galletas achocolatadas Tango, turrones y manichos La Universal, y las infaltables porciones de chifles, papas y canguiles.
A partir de los años noventa, tiempo en el que proliferó la proyección de películas en televisores, mediante máquinas VHS y Betamax, las salas de cines empezaron a decaer, y con ello, se impuso la tendencia de mirar películas individualmente y ya no grupalmente.
Aquello no fue ajeno a Teatro El Dorado y, como era de esperarse, lo que por muchos años fue un concurridísimo sitio de amistad y cultura, paso a ser un espacio con muy poca asistencia. Esto impuso a los propietarios a cerrar el cine el 20 de marzo de 2000 y luego, el 29 de marzo de 2001, venderlo. Venturosamente, quien lo compró fue la Casa de la Cultura, Núcleo de Loja, para convertirlo en el Teatro de Artes “Segundo Cueva Celi”. Digo venturosamente, porque la entidad cultural lo ha venido utilizando para promover valiosos eventos artísticos, musicales y culturales.
Está claro que todo está sujeto a desgaste, cambio y reivención, según lo impongan las reglas del vertiginoso ritmo social. El caso del teatro El Dorado no fue la excepción y se terminó, pero eso sí, desde hace tiempo, forma parte de la historia cultural de Loja, al ser recordado con cariño como un especial rincón lojano de anécdotas, alegría y existir, en el que se reforzaron amistades, surgieron complicidades y florecieron romances asentados en las verdes ramas de la juventud. Esto es muy importante porque, al fin y al cabo, como lo dijera García Márquez: “La vida no es la que uno vivió, sino la que recuerda y cómo la recuerda para contarla”.
¡Qué entrañables recuerdos del querido Teatro El Dorado!
