Por Ruy Fernando Hidalgo Montaño
La contaminación acústica es un problema que ha existido desde siempre, pero que ahora es más notorio debido al crecimiento demográfico de los países, tanto así que la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha mostrado mucha preocupación en este campo, ya que el exceso de ruido, no solamente afecta la salud de las personas, sino todo el entorno medio ambiente natural que nos rodea. La OMS ha conminado a los gobiernos de cada país a tomar medidas urgentes en este sentido, porque la situación parece se salió de control a nivel mundial.
Solo en Europa, la contaminación acústica está considerada como la segunda causa de muerte en ese continente, pues ha quedado demostrado que el ruido y las vibraciones exageradas, no solamente generan afecciones en el sistema auditivo de las personas y de los animales domésticos o en su hábitat natural, sino que también afectan al sistema cárdio vascular y respiratorio de los mismos, lo deriva en problemas del corazón y aceleramiento de la frecuencia respiratoria. La exposición prolongada al ruido, trae consecuencias fatales para le gente, como falta de sueño, trastornos nerviosos y hasta la muerte.
Por eso llama mucho la atención que, en nuestra ciudad, nadie haga nada en este aspecto, para nada es desconocido el uso desmedido de las bocinas de los vehículos de transporte público, como privado que pitan para que los carros de adelante apresuren su circulación, o simplemente para saludar a un amigo, o los ruidos provocados por el escape de las motos, pero sin duda los ruidos que se llevan de largo el primer lugar, en alterar la tranquilidad citadina son los fuegos artificiales, camaretas, petardos y todos los derivados de la pólvora que son usados casi todos los días sin ninguna normativa regulatoria que restrinja su abuso, como si estuviéramos en un desierto inhabitado. En fechas festivas las cosas se ponen peor, porque parece que escogieran las más altas horas de la noche o las primeras de la madrugada para explotar los mencionados artefactos todo esto con la anuencia de las autoridades de turno.
Se deben tomar correctivos drásticos y efectivos que frenen o por lo menos regulen esa verdadera orgía de ruidos, de la que reiteradamente somos testigos impotentes, no esperemos que se produzca algún hecho lamentable para recién tomar conciencia de la contaminación acústica a la que estamos expuestos a diario. Los que nos gobiernan tienen la última palabra.
