Parar para leer y encontrar nuevos espacios de interiorización

Galo Guerrero-Jiménez

El ensayo literario y de lectura que la Santa Sede publicó el 17 de julio de 2024, intitulado “Carta del Santo Padre Francisco sobre el papel de la literatura en la formación” humana, puntualiza la importancia que tiene la lectura de novelas y poemas en el camino de la maduración personal; y, por supuesto, como señala Francisco Lledó: “Cada vez que los ojos de los posibles lectores se posan sobre las letras, aplicamos a esa temporalidad, a ese tiempo sido, el instante personal en el que cada existir se hace presente” (2022) de manera mágica, elocuente transformadora, enriquecedora, en donde cada adepto a la lectura literaria y/o artístico-humanístico-científica en general experimenta transformaciones de gran intensidad personal, como la del papa Francisco que, desde su juventud, e incluso como sacerdote y profesor de colegio en la asignatura de literatura, llega a confirmar una experiencia profundamente sentida, como la que señala en el numeral 2 de la Carta en referencia, en donde, en casos extremos de fracaso de la existencia humana, leer siempre será un espacio de interiorización aleccionador, reconfortante, tal como a continuación lo indica:

“Con frecuencia, entre el aburrimiento de las vacaciones, el calor y la soledad de los barrios desolados, encontrar un buen libro de lectura llega a ser como un oasis que nos aleja de otras actividades que no nos hacen bien. Tampoco faltan los momentos de cansancio, de rabia, de decepción, de fracaso, y cuando ni siquiera en la oración conseguimos encontrar la quietud del alma, un buen libro, al menos, nos ayuda a ir sobrellevando la tormenta, hasta que consigamos tener un poco más de serenidad. Puede ser que esa lectura consiga abrir en nosotros nuevos espacios de interiorización que eviten que nos encerremos en esas anómalas ideas obsesivas que nos acechan irremediablemente. Antes de la llegada omnipresente de los medios de comunicación, redes sociales, teléfonos móviles y otros dispositivos, la lectura era una experiencia frecuente, y quienes la han vivido saben de lo que hablo. No es algo pasado de moda” (2024).

Sin duda, esta es una reflexión psico-socio-hermenéutica y antropológico-ético-estética que apela al más alto grado de nuestra metacognición para que desde una actitud axiológica que, por supuesto, hoy no es tan fácil asumirla, tal como señala el papa Francisco cuando se refiere a esta era tecnológica y virtualizada y, tal como lo sostiene la siquiatra Rojas Estapé: “El siglo XXI tiene una característica evidente: consumir rápidamente sin reflexionar sobre lo consumido. (…) Queremos consumir constantemente sin pausa. En una vida ocupada (…) es difícil poder encontrar tiempo para todos los paquetes informativos y aplicaciones nuevas que surgen continuamente. Solo hay dos soluciones: o renunciar a estar al día o estar al día con una condición: acelerando lo que oímos y escuchamos para consumir las novedades, aunque solo sea de manera superficial y compulsiva. (…) [Y, lo otro:] gran parte de la magia de la vida consiste en saber parar (…). Parar para repararse; parar para sanarse; parar para recuperarse; parar para crecer… En definitiva: darle a la vida tiempos de pausa. Acelerados no conseguimos conectar con nuestro interior. No sabemos qué nos sucede, qué deseamos y cuáles son nuestras ilusiones y aspiraciones más profundas” (2024).

En efecto, estos oleajes de profundidad y de reflexión para oxigenar la vida desde la lectura de un buen libro, solo se los consigue si nos desenchufamos de tanta información dataísta y superficial que circula virtualmente, para encontrarnos, como sostiene Mario Mendoza que, con los libros aprendió a leer literatura, porque “han sido mis mejores aliados, mis recetas infantiles, mis estimulantes cuando todo alrededor parecía apagarse o desaparecer” (2022).