Por: Sandra Beatriz Ludeña
Si vamos por la vida encorvados con la mirada fija en las pantallas, si no tenemos tiempo para reflexionar, porque el poco tiempo libre lo consumimos en un santiamén con el teléfono en mano y frente a los ojos. Si no hacemos más que dejarnos manipular por la moda, por la distracción, por las redes sociales, si no somos capaces de poner límites, no tendremos sentido en la vida y, repetiremos rutinas, hábitos, comportamientos sin sentido.
De esta manera, somos cada vez más vulnerables, adictos a la tecnología, llevamos un letrero que dice “frágiles”, al igual que las pantallas que nos dominan. Cada rincón de nuestra vida está ocupado por compromisos, de esa forma no hay espacio para nada, porque hasta cuando dormimos, el teléfono nos recuerda lo ocupados que somos. Por esto, terminamos incluso conectados hasta en la madrugada, sacrificando el descanso, todo por estar pendiente de la pantallita, que nos roba la vida.
Y si alguien habla de salir de ese círculo vicioso y malsano, nos oponemos. Así no dejamos espacio para las relaciones verdaderas, para vivir la vida en tiempo real, o experimentar la realidad en toda la extensión de su naturaleza.
Para explicarme mejor, voy a hablar de una experiencia sufrida en meses pasados. Con el fallecimiento de un familiar, según la costumbre en mi lugar natal, se dio el velatorio de los restos mortales, —este evento tiene como finalidad que los familiares que experimentan la pérdida recuerden a su ser querido y sean acompañados de sus amigos y comunidad—.
La cuestión es que una vez reunidos en la funeraria donde se realizó la velación del cadáver, solamente los amigos más íntimos se acercaron al lugar para acompañarnos, pero, lo que más recibimos fueron mensajes de condolencia por redes sociales. El grado de vacuidad en el que nos sumergidos es alarmante. Un pésame tan cómodo, breve, superficial, como este: “Reciban nuestras condolencias”. Ya no es la elocuencia de la amistad, no hay solidaridad; acompañar, dar un abrazo o estar presente en cuerpo y alma pasó de moda.
Así, las transformaciones sociales son abrumadoras, pues cada vez somos menos solidarios, pero más solitarios, desconfiados e indiferentes con lo comunitario. En esas condiciones, donde la digitalización se extiende sin límites, con la excusa de “no tengo tiempo”, somos más frágiles y vulnerables, acaso así, terminaremos rotos en algún recodo del mundo, solos, arrinconados e inservibles, sin diferenciarnos de las máquinas.
Debemos retornar a los sentimientos para salvarnos, “sentir” es prioridad, mas, esto solo se consigue si somos conscientes de cómo nos manejan, tomar el control de la tecnología y valorar la calidad humana para dejar de ser cada vez más frágiles.
