El baúl de los recuerdos: La telegrafía en Loja

Efraín Borrero Espinosa

El telégrafo se instaló en Loja en octubre de 1887, gracias al empeño del notable lojano Benjamín Piedra Mosquera, considerado el pionero de la telegrafía en el Ecuador. Así reconoce la “Historia de las Telecomunicaciones en el Ecuador”, publicada en enero del 2014 por la Corporación Nacional de Telecomunicaciones con el apoyo de la Academia Nacional de Historia.

El hecho ocurrió luego de tres años de haberse instalado la línea del telégrafo entre Guayaquil y Quito en 1884, y del primer telegrama que se envió en el Ecuador por parte del entonces presidente de la república, José María Plácido Caamaño, el 9 de julio de ese año. Recordando ese suceso cada 9 de julio se conmemora el Día Nacional de las Telecomunicaciones en el Ecuador. En Cuenca este servicio público se inauguró el 22 de agosto de 1886.

El trabajo técnico se realizó bajo la dirección de Benjamín Piedra Mosquera, quien había laborado en el Perú en actividades telegráficas, país que tenía experiencia en ese ámbito desde 1867.

Nuestro paisano regresó al Ecuador siendo parte del grupo de expertos que se contrató en el Perú ya que en el país no había personal con ese perfil profesional.  Por su desempeño y capacidad técnica se lo designó primer director de la Dirección General de Telégrafos, creada en ese año 1884, siendo artífice del primer Reglamento de Telégrafos Nacionales.

El nombre de Benjamín Piedra Mosquera ha pasado inadvertido entre los lojanos y es necesario rescatarlo para ubicarlo en el sitial de honor que le corresponde. De lo que conozco, la única ocasión que se lo ha mencionado fue en un acto realizado en los bajos del Municipio el día domingo 22 de mayo de 2016, que congregó a representantes de diversas instituciones para recordar seis fechas cívicas: Día Internacional de las Telecomunicaciones, Cantonización de Catamayo, Día Internacional de los Museos, Cantonización de Pimampiro, Día Mundial de la Diversidad Cultural para el diálogo y el desarrollo, y Día Internacional de la diversidad biológica.

Cuando se realizaron los trabajos para brindar el servicio de telegrafía se lo hizo en ciertas localidades a nivel nacional. Benjamín Piedra, pensando en su tierra natal hizo constar a Loja entre las prioridades para que se integrara al resto del país. Eso no ocurrió con los demás servicios de comunicación que años después se implementaron a nivel nacional, de acuerdo con los avances tecnológicos, en cuyas planificaciones Loja era la última rueda del coche.  

Para el funcionamiento de este medio de comunicación se tendía una línea alámbrica sujeta en postes de madera, la misma que conducía señales de forma intermitente emitidas por un aparato llamado telégrafo. Este dispositivo  empleaba esas señales para la transmisión y recepción de mensajes de texto codificado, conocido como código Morse.

Al ser electrizado, el operador utilizaba pulsos de corriente en un extremo para producir zumbidos al otro lado. La duración corta de los puntos o larga de las rayas determinaba a qué letra o signo correspondía en el lenguaje alfanumérico, de tal forma que se podían construir palabras y frases enteras. El operador receptor traducía el mensaje y lo escribía a máquina en papel periódico de formato pequeño llamado telegrama, que la entidad lo hacía llegar al destinatario con un mensajero.

El usuario tenía que llevar el mensaje escrito a máquina o a mano a la oficina del telégrafo. Cada palabra tenía un costo por eso tenía que ser corto y con frases entrecortadas.  

Los hacendados hacían uso de los telegramas a través de una persona de confianza que residía en la cabecera cantonal, y ésta se daba modos para hacerlo llegar al arrimado destinatario. Los mensajes se referían a aspectos estrictamente indispensables; por ejemplo: domingo voy esa con carga, sacar bestias.

En la provincia las primeras localidades que tuvieron el servicio de telegrafía fueron Catacocha, Cariamanga y Celica, en 1894; las demás se integraron poco tiempo después.  

En ese año entró a funcionar el cable submarino y el Ecuador pudo conectarse telegráficamente con todo el mundo; año en el cual existían 1970 kilómetros de líneas telegráficas en el país, 70 oficinas y 125 empleados en todas las provincias, excepto Esmeraldas donde el telégrafo recién fue instalado en 1906.

Recuerdo que por 1954 la oficina del telégrafo en la ciudad de Loja funcionaba en la planta baja de la casa esquinera situada en las calles Bolívar y Miguel Riofrío. Ingresando al local un empleado recibía el texto escrito del telegrama a remitirse, y una vez cancelado el valor lo depositaba en una pequeña caja de cartón colgada de una piola; el operador, ubicado en un altillo, la halaba para extraer el mensaje y darle el procedimiento respectivo.

La telegrafía fue un medio de comunicación eficiente que sirvió a los ecuatorianos cerca de un siglo. Para las instituciones era el medio cotidiano de comunicación. Así ocurrió en 1970 cuando siendo presidente de la promoción de estudiantes de la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Nacional de Loja, me dirigí al presidente José María Velasco Ibarra mediante telegrama requiriéndole rentas para la universidad. Él me respondió por la misma vía lo siguiente: “Atento saludo. Aprecio a la juventud y siempre la estimulo. La falta de fondos es total en el momento, no hay siquiera para aumentar sueldos profesores. Hay 19 profesores Colegio 24 de mayo de Quito que trabajan gratuitamente porque no hay fondos para pagarles. Presidente Velasco Ibarra”.  

Los diputados abusaban de este servicio enviando boletines de prensa a los medios de comunicación para informar el resultado de sus gestiones, y como no les costaba remitían “sábanas” de textos.

Tiempo después se implementó el servicio de radiotelefonía con lo cual la oficina del telégrafo creció ostensiblemente. Fue en esas circunstancias que pasó a ocupar la planta baja del edificio de la Prefectura Provincial, construido bajo la dirección del arquitecto chileno Hugo Faggioni Marí, quien luego adoptó la nacionalidad ecuatoriana. Allí estaban amontonadas las oficinas de varias instituciones públicas: gobernación, alcaldía, obras públicas, intendencia de policía, correos, telégrafo y la propia prefectura.

Recuerdo a Rosarito Castillo de Aguirre y Tarcila Molina Molina brindar un servicio con extrema calidez y diligencia. Ellas se encargaban de enlazar las llamadas telefónicas nacionales a través de la central en la ciudad de Cuenca. La mayoría preferíamos ir a la oficina del telégrafo porque el servicio era más eficiente que solicitando las llamadas desde los teléfonos urbanos que ya se habían instalado en Loja, por supuesto a la cola de otras ciudades del país.

En las casas y oficinas lucían los teléfonos de discado. La serie numérica era de tres cifras para llamadas únicamente locales; por ejemplo: el “Pájaro” Vásquez, 321; el “Toro” Tello, 433; y, la “Foca” Armijos, 342. Obviamente se produjo el fenómeno “telefonitis” porque la gente llamaba por todo y para nada. En 1969 se implementó el servicio de discado directo nacional.

En mi memoria conservo los nombres de dos distinguidos amigos telegrafistas y un radioperador que desde lejanas tierras vinieron a brindar su contingente y se quedaron para siempre: Oswaldo Proaño Cevallos, nacido en Cotacachi; contrajo matrimonio con Luz Molina Molina. Un gran deportista que nos representó con dignidad. Octavio Burbano Montenegro, oriundo de Tulcán, casado con Gisela Valdivieso Moreno; y, Carlos Gualberto Boada Benítez, nacido en Ibarra, casado con Bertha Virginia Abarca Serrano, mujer incansable para el trabajo a quien la Cámara de Comercio rindió homenaje. Todos ellos formaron familias respetables y muy apreciadas por la colectividad.

Los telegrafistas han jugado un rol preponderante en situaciones críticas o de convulsión nacional. Basta recordar que Isauro Gálvez y Carlos Bustamante informaron a Loja sobre el ataque peruano a Zapotillo y pidieron refuerzos.

En nuestro medio se produjo un hecho singular con la fundación de Radio Nacional Progreso por parte de Efraín Herrera Guerrero, en 1958, ya que esa radioemisora destinaba una programación diaria para la emisión de mensajes a diversos rincones de la provincia, sustituyendo en parte la función que cumplían los telegramas. Esos mensajes eran dictados por los propios interesados de tal forma que la persona encargada de receptarlos en la radioemisora los entregaba al locutor para que en forma fidedigna los transmita. Algunos mensajes eran muy divertidos y coloquiales.

La telegrafía en el país fue un acontecimiento de connotación que revolucionó la comunicación entre los ecuatorianos. Su importancia fue tal que, al periódico más antiguo del Ecuador, fundado el 16 de febrero de 1884 y editado en la ciudad de Guayaquil, se lo denominó El Telégrafo, por utilizar el servicio telegráfico como herramienta para recibir información de todo el mundo y trasladarla a sus páginas.

Años después, en 1920, por iniciativa del periodista ambateño José Abel Castillo Albornoz, esa empresa editorial adquirió un pequeño avión utilizado en la primera guerra mundial, al que también se lo bautizó con el nombre de Telégrafo I, el 8 de agosto de 1920.

Ese avión es el mismo que pocos años después aterrizó en una explanada de la hacienda Jipiro en nuestra ciudad de Loja, cuyos hechos son relatados de forma pormenorizada  por el prestigioso escritor y querido amigo, Diego Lara León, en su lucido artículo «Hace cien años aterrizo en Loja un pájaro de acero», publicado hace escasos días.

En Loja, la telegrafía dejó al pasado los mensajes orales o escritos que se hacían llegar a los destinatarios a través de personas de confianza a los cuales se llamaba “propios”; ello gracias a nuestro paisano Benjamín Piedra Mosquera, un distinguido personaje cuya memoria merece mejor suerte.