Rafael Riofrío
En el escenario de la precampaña electoral, se evidencia la penosa tarea de atacar a quienes muestran un pensamiento ideológico distinto. No todos interpretamos o valoramos de la misma manera temas como política, economía, cultura y sociedad, cuyas diferencias surgen de factores como la educación, las experiencias personales, la religión, y el entorno social; pero que estas visiones quizá opuestas y hasta naturales nos lleven a conflictos de opinión y a ofender a nuestros contertulios, es inaceptable.
En un medio de comunicación local, una candidata al Parlamento Andino, manifestó que uno de los objetivos de su agrupación, es la integración de los pueblos de la región para generar más fuentes de trabajo. El comunicador le observó que “la izquierda jamás ha generado riqueza y ni ha dado trabajo, que eso solamente lo hacen los empresarios, -dijo además- que las oportunidades para que las personas crezcan se debe a la meritocracia y no quitando a los ricos para repartir a los pobres”.
Al respecto, reflexionaré sobre tres aspectos puntuales de esas aseveraciones: 1. En la visión marxista, la desigualdad persiste porque una élite controla los medios de producción, haciendo que los trabajadores dependan de los capitalistas. Solo una redistribución estructural de recursos podría lograr una verdadera igualdad. 2. La meritocracia se basa en la idea de que el esfuerzo y talento individuales permiten mejorar la posición social; sin embargo, en la práctica, la clase burguesa controla los recursos, limitando el avance de quienes están en desventaja y perpetuando la pobreza estructural. 3. Los trabajadores no aspiramos a despojar a los ricos de su riqueza, para distribuirla entre los pobres; buscamos un sistema más justo y equitativo, donde los recursos y oportunidades se repartan de forma que todos prosperemos en conjunto.
Como todo concepto burgués, este también ha sido acomodado a los beneficios de clase, detrás de los cuales o se promueve la desigualdad o se esconden intereses contrarios a ella, usándose como una justificación al fracaso. Y en los casos más burdos como una explicación a la pobreza. En estos días se escucha calificativos como: “es que son bagos, no se esfuerzan, quieren que les regalen hasta un generador eléctrico”, eso y más nos repiten mientras siguen por el ancho camino de la corrupción y el abuso.
Lo cierto es que, la acumulación de riqueza, acompañada del secuestro del poder político con ayuda de los medios de comunicación, ha generado desconfianza en las instituciones debilitando el sistema democrático en su conjunto, especialmente la atención a los bienes y servicios públicos como son salud, la educación, el empleo, la vivienda, la jubilación y el sistema de protección social.
