EL DÍA Y LA HORA

P. Milko René Torres Ordóñez

San Marcos nos entrega un pasaje con un estilo sobrio que contiene un fuerte trasfondo cristologico, profético y apocalíptico. Anuncia la venida del Hijo del Hombre. El discurso de Jesús oscila entre una conmoción cósmica y las clásicas imágenes de la tradición. Dios interviene en los pueblos con toda su majestad. El lenguaje literario sirve para valorar la riqueza de la historia que nunca termina de escribirse. El hombre y el cosmos unen su mensaje en un tejido fraterno cuyo código revela la solidaridad entre los dos.

Dice Jesús que en aquella cosmovisión: “Verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y majestad” para salvar a quienes viven alejados y perdidos a causa del pecado. San Marcos subraya algo maravilloso: el triunfo definitivo del bien sobre el mal. Pasamos de la contemplación apocalíptica a la visión de una revelación que nos deslumbra. La humanidad entera unirá sus corazones porque Dios quiere congregar a sus elegidos para que conozcan al único rey eterno. Para hacer más comprensible este mensaje, Jesús pone dos ejemplos que responden a una legítima inquietud sobre el cuándo.

La respuesta la da a partir de dos parábolas: la de la higuera y la del hombre que se ausenta: “Podrán dejar de existir el cielo y la tierra, pero mis palabras no dejarán de cumplirse”. De ella no hay que dudar. El tiempo de Jesús, eterno como la felicidad de un hombre que alcanzó la conversión, no presupone motivo alguno para formular cálculos. Para un buen cristiano, la paciente vigilancia, representa un valioso tesoro. En él pervive la espera constante y responsable. Implica fortaleza en las adversidades, resiliencia en las contradicciones, valor para no caer en los brazos de la negligencia y la dispersión. No debe estancarse en el espejismo del desierto que ofrece la realidad contemporánea. Tiene que navegar en el mar de la esperanza.

Quizá, aquella que parece esquiva como una utopía. Sin embargo, en este espacio, encuentra el aire de la plenitud y de la vida. El hombre que atesora la fe, como algo valioso, nunca pierde el norte de su existencia. El encuentro con Jesús, transformante, desde la óptica con la que lo miremos, tiene mucho que entregarnos. Jesús vino para que tengamos vida en abundancia. En ella, tanto más que una perenne rutina, descubrimos la razón por la que la serena vigilancia alcanza su verdadero sentido.

Cuando contemplamos a Jesús en cada paso por los caminos de nuestro mundo comprendemos que toda acción que realiza deja una huella imborrable. A Jesús debemos conocerlo para amarlo, y seguirlo en la entrega cotidiana de nuestro ser. Vivimos tiempos difíciles, guerras no contadas, batallas ganadas, victorias inmerecidas. Parecería que las tendencias de una vida fácil nos ahogan como la ansiedad de un perdido. Sin embargo, en medio de esta vorágine de circunstancias, la palabra viva de Jesús nos anima para llenarnos de vitalidad. No especulemos con las expectativas de un calendario impreciso. Trivial. Vivamos, aquí y ahora, el momento de una legítima felicidad. El Hijo del Hombre viene con toda su gloria para calmar nuestra angustia. De su costado abierto por nuestra fragilidad brota una vida nueva.