Por: Sandra Ludeña
En estos tiempos de sombras, cuando la luz de los hombres ha decaído, entre incendios, dolores que arden y, la luz que se apaga como se apaga la vida, como agua negra que rueda mejilla abajo en la impureza de las faltas, la puerta de la lógica cierra y abre, entre los sueños de los justos e intentos de destrucción de los injustos. ¿Será tiempo de escape de esa intención desquiciada?
¿A dónde ir? Si entre las manos no hay acciones, si entre las sienes no hay claridad, ¿a dónde?, con el corazón en la garganta, con la palabra atravesada cual puñal. ¿A dónde escapar con la buena intención herida, pronuncia el golpe rítmico pero apurado de un enredado corazón? ¿Cómo hacerse de alas? ¿Cómo salir del cofre? Es el deseo impotente del que quiere sangrar, gritar su rojo vivo, convencer al viento, ¿quizá la nube?, ¿quizá la lluvia?, ¿quizá el tiempo nos salve?
Entre esos clamores surgen los valientes para ir a la línea del fuego, buscando caminos no hechos, fórmulas no premeditadas, fuerzas inesperadas, oraciones jamás pronunciadas, para hacerle frente al incendio armado con su furiosa luz y voracidad. Su despliegue de inusual poder que pelea y saca la lengua mostrando su majestuosidad. Y en verdad, aunque pronto se sofoque, siempre seremos vencidos, doblegados ante su poder que anda con pies de “grande” por la oscuridad de sus hacedores, que, entre chispa e ira, van arrasando, quemando, arremetiendo contra el animal vencido y, en su latir queda la impotencia del débil, del que no puede escapar.
Entre los escombros hay sueños de pájaros insomnes, desquicio de un viento que se niega a ser cómplice y la luz que se apaga para cambiarlo todo. Queda un alarido, una queja muda, un reclamo de la tierra y, una sombra perenne entre el olor a humo y carne quemada, acusa, siempre acusa. Es la misma sombra medieval que se desliza tenebrosa desde el tiempo de la Inquisición, va recogiendo miradas despojadas, restos de cordura, va disimulando con cosas amontonadas y, va tapando rendijas por donde se filtra la esperanza, pregonando: es el final.
Así la crueldad se confirma con tan candentes ideas, que con un soplo puede incendiarlo todo. Crueldad por terminar con la paz, por acabar con el paisaje, por no dejar al bueno ser bueno y al libre ser libre. Luego, la culpa será del obsesionado viento, de los bestiales animales, o de las nubes que olvidaron su misión.
Un día, se saltará la noche por hacerle trampa al destino y la luz será solo fuego, en un instante sin fin. Entonces, a dónde quedarán las ansias del poder, esas vanaglorias, a dónde la competencia. Pues, la muerte se confirmará remota dentro de cada uno y, así llegará el fin, sin apagar otro incendio (apocalíptico) que arde por dentro de los injustos.
