José Antonio Mora
Empiezo este texto con una idea que considero esencial: la proactividad laboral. Esa capacidad de anticiparse, de actuar con iniciativa sin esperar instrucciones. Implica autonomía, compromiso, y sobre todo, una disposición a buscar mejoras constantes.
Si lo llevamos al terreno deportivo, sonaría más o menos así: “Defensa ataja el ataque contrario, lanza al mediocampista que corre como flecha hacia el otro campo, cede el balón a su compañero, se arma el contragolpe, viene el centro… ¡y el delantero no salta! Se pierde el gol el equipo…”
Esa sensación de frustración, de oportunidad desaprovechada, es la que a menudo acompaña a quienes intentan impulsar acciones institucionales más allá de banderas partidistas. No importa a quién apoyes en esta segunda vuelta. Lo que me interesa es otra cosa: la actitud con la que asumimos nuestra labor diaria, desde cualquier lugar en el que nos encontremos.
En mi aún corto caminar dentro de la función pública, he identificado un enemigo persistente: la comodidad. Esa que se instala en quienes, al contar con un ingreso asegurado o un nombramiento estable, empiezan a operar en piloto automático. El entusiasmo inicial, la curiosidad genuina, el deseo de aportar, se van desdibujando bajo el manto sutil de la indiferencia. No es una generalización, por supuesto. Hay quienes ponen el cuerpo —y muchas veces el alma— por los demás, quienes hacen más de lo que deben, quienes sacrifican su tiempo personal (aunque no debieran) porque aman lo que hacen, o porque entienden su trabajo como una forma concreta de contribuir al país.
En estos días de elecciones, no pretendo opinar sobre candidatos ni programas. Cada persona tendrá sus razones, intuiciones y convicciones para decidir, y sobre todo: resultados. Lo que sí me interesa es interpelar algo más profundo: ¿qué estamos haciendo, desde nuestro lugar, para que este país crezca? ¿Somos simples consumidores de un salario mensual o somos como castores, animales incansables que construyen represas con esfuerzo colectivo, que transforman su entorno con trabajo metódico y cooperación?
Hay que decirlo también: el sistema no siempre ayuda. La burocracia excesiva, las normativas anacrónicas, las trabas administrativas que frenan lo urgente, termina desmotivando incluso a quienes tienen verdadera vocación de servicio. Reformar las estructuras institucionales es, sin duda, una urgencia impostergable. No para demolerlo todo, sino para facilitar el flujo, dar agilidad y sentido a la función pública.
Hoy, al iniciar mi tercer año conociendo desde dentro la institucionalidad, me llevo aprendizajes, desafíos y algunas certezas. Entre ellas, una que me resulta clave: uno elige si quiere actuar movido exclusivamente por convicciones políticas o por el compromiso ético de servir, a pesar de las condiciones, del entorno o de las resistencias.
Si me estás leyendo y trabajas en lo público, la pregunta es simple: ¿a qué bando vas?
