Edwin Villavicencio
Este domingo 13 de abril de 2025, Ecuador enfrenta una encrucijada crucial: las elecciones presidenciales que definirán el rumbo del país durante los próximos cuatro años. No se trata solamente de elegir a una figura política, sino de tomar una decisión colectiva sobre el tipo de país que queremos construir. Es un momento de alta responsabilidad ciudadana, en el que cada voto no solo representa una preferencia ideológica, sino un pronunciamiento sobre el futuro económico, social, institucional y ético de la nación.
Ecuador llega a esta jornada electoral con profundas tensiones acumuladas. La crisis de seguridad ha marcado con sangre y temor el día a día de los ciudadanos. La violencia, antes contenida en ciertas zonas, se ha diseminado con fuerza hacia centros urbanos, impactando la vida cotidiana y la percepción misma de estabilidad. Al mismo tiempo, los problemas estructurales de desempleo, pobreza e informalidad siguen golpeando con dureza a millones de ecuatorianos. La desconfianza hacia las instituciones públicas no ha hecho más que crecer, alimentada por escándalos de corrupción, pugnas entre poderes del Estado y la ineficiencia para atender las demandas sociales más urgentes.
En este contexto, la campaña presidencial ha reflejado la polarización del país, pero también ha puesto en evidencia una ciudadanía más crítica, exigente y consciente del peso de sus decisiones. Los discursos han oscilado entre propuestas de mano dura para restablecer el orden y planteamientos de transformación estructural para atacar las raíces de los problemas nacionales. Los candidatos del balotaje han apostado por discursos tecnocráticos y de gobernanza eficiente, mientras que el otro ha apelado a la emocionalidad, el nacionalismo o el rechazo a la clase política tradicional. La pregunta de fondo es si Ecuador desea un cambio profundo o si, por el contrario, prefiere mantener una cierta continuidad con correcciones puntuales.
El país que elijamos este domingo será, inevitablemente, el reflejo de nuestras prioridades colectivas. ¿Queremos un Estado fuerte que intervenga decididamente en la economía y proteja a los más vulnerables, o apostamos por un modelo más liberal y orientado al mercado? ¿Deseamos una democracia más participativa y transparente, o seguiremos tolerando una institucionalidad frágil y capturada por intereses particulares? ¿Estamos listos para asumir el costo político de reformas estructurales, o preferimos medidas inmediatas, aunque sean de corto alcance y limitada sostenibilidad?
La juventud, las mujeres, los pueblos indígenas, los sectores productivos, los trabajadores informales, los migrantes retornados y los profesionales urbanos son solo algunos de los grupos cuyo futuro está en juego en esta elección. Su voz, su voto y su participación en el debate público son esenciales para evitar que las decisiones se tomen solo desde el centro del poder político y económico. En democracia, el país que queremos se define no solo en las urnas, sino también en la presión social, en la organización ciudadana, en la fiscalización permanente y en el ejercicio activo de derechos y deberes.
La jornada del 13 de abril no será el final, sino el inicio de un nuevo ciclo político. A partir del lunes, más allá del nombre que se imponga en las urnas, comenzará la verdadera tarea: reconstruir la confianza, impulsar una agenda de país y sostenerla con gobernabilidad. El próximo gobierno enfrentará desafíos colosales, pero también tendrá la oportunidad histórica de enrumbar a Ecuador hacia un horizonte de justicia, crecimiento, equidad y paz. Ese destino no está escrito. Depende, en gran medida, de lo que decidamos este domingo.
