Reflexiones post balotaje

Numa P. Maldonado A.

El pasado domingo 13 de abril, a las 20h15 horas, la presidente del TSE, Diana Atamaint, dio los resultados preliminares, con el carácter de tendencia irreversible, del evento electoral que por varios meses y con diferentes niveles de suspenso, incertidumbre y temor, había ocupado la atención del pueblo ecuatoriano y el interés de América Latina y buena parte del mundo: la elección de los nuevos dignatarios de Ecuador para un período democrático completo. Con algo mas del 87% de votos escrutados el binomio Noboa-Pinto con 11 puntos (algo más de un millón cien mil votos), resultó triunfador y en gran parte del territorio nacional se sintió un saludable alivio. Alivio que nos permitió dormir esa noche con más tranquilidad y mucha esperanza…

¿Por qué? No por los ganadores como personas, con sus virtudes y defectos, o por lo que representan los movimientos políticos que los auspician sino porque, con este resultado, se aleja durante cuatro años por lo menos el terrible temor de un gobierno totalitario tipo Cuba, Nicaragua o Venezuela.  Y en ese lapso, si enderezamos algunas de las principales cosas que están torcidas: democracia, justicia, gobernabilidad…es posible contar a futuro con mejores gobiernos. En otras palabras: dadas las penosas crisis que hemos pasado y los graves problemas derivados de ellas que nos siguen afligiendo, y en esta última instancia que hasta nos sumieron en el temor ante un posible panorama siniestro, el instinto de conservación unido al sentido de Patria y un sensato ejercicio de raciocinio, nos permitieron dar un salto a la madurez. Ese salto que nos despertó del letargo que había invisibilizado la capacidad de indignación, y dio los resultados inesperados de este balotaje. Salto cualitativo, lo repetimos, producto de esa madurez escondida que afloró en el día preciso en la mayoría de ecuatorianos, reflejada en el récord histórico de asistencia al sufragio con la esperanza de mejores días.  

¿Qué significa  dar ese salto a la madurez?

En pocas palabras, permitir o facilitar (o hasta exigir) que los mejores ciudadanos, los más honrados y capaces, sean los que gobiernen el país. ¿Cómo? Realizando una urgente Reforma Política que permita, en primer lugar, terminar con los centenares de movimientos pseudopolíticos de pacotilla y populistas, la mayoría fundados con perversos fines y llenos de gente mediocre y oportunista (las excepciones valen), para dar paso a los verdaderos partidos políticos, acreditados con sus conocidas ideologías: las doctrinas conservadora, liberal, socialista y socialdemócrata. Y quedar con un reducido número partidos políticos (no movimientos) conducidos por liderazgos solventes. Partidos que cuenten en sus filas con ciudadanos honrados, cultos, conocedores de la historia y geografía nacionales y la geopolítica regional y mundial, capaces de sostener tesis con altura y sapiencia, y llegar a consensos. De modo que, al mismo tiempo, sean capaces de iniciar la construcción de realmente un verdadero nuevo Ecuador, democrático, solidario, culto, defensor de la equidad social, la vida y la naturaleza, dirigido y conformado por buenos ciudadanos (buenos seres humanos), que nos permitan vislumbrar días mejores para nuestros hijos y nietos, en un país libre y en paz.