VIDA EN SU NOMBRE

P. MILKO RENÉ TORRES ORDÓÑEZ

Los cristianos en todo el mundo hemos vivido un tiempo de gracia con realidades históricas que no pasarán desapercibidas. Nuestra memoria, baúl mágico que conserva toda clase de recuerdos, tiene el privilegio de alimentar la vida con hermosas verdades. La semana que ha concluido marca, con el presente, un antes y un después. Cristo ha resucitado y estamos felices. El paso de la muerte a la vida, de la oscuridad a la luz, nos lleva a colocarnos en el umbral de la esperanza. A ubicarnos en la puerta, mirando la piedra que cubría un sepulcro.

Un signo, enseñan los narradores del Nuevo Testamento, que compromete a los testigos de la fe a anunciar una buena noticia. Jesús, el Hijo de Dios, vive para siempre. El Papa Francisco exhorta con vehemencia a buscarlo entre la gente. En la periferia. Entre los vivos. En aquellos que tienen esperanza. Que la recuperaron. Quizá, porque la perdieron, o nunca la buscaron porque creyeron que no tenía valor. Con la muerte de Francisco saldrán a la luz nuevos desafíos humanos y pastorales. Muchos compromisos, retos necesarios que debemos asumirlos para que las vicisitudes que encontramos a diario no nos sumerjan en la pobreza de un sepulcro sin vida.

La tarea misionera de una Iglesia en salida, como la primera luz del amanecer de la resurrección del Señor, tiene que volverse más urgente e iluminadora que nunca. El mundo en el que vivimos, nuestra casa común, necesita mirarse con más atención, desde dentro hacia afuera. Los pasos que vamos a dar no pueden quedarse congelados en el camino del temor y de la duda.

En el desierto de las urgencias, esperanzas y crisis, aparecen los oasis, señales de la existencia de una fuente de agua viva en el que brota esperanza y ganas de cambiar nuestras opciones de vida. San Lucas, en el libro de los Hechos de los Apóstoles, cuenta que la fe de los hombres y mujeres que creían en el Señor iba creciendo de día en día. Hoy, la fe tiene que alcanzar mayores estándares de cercanía y convivencia para que, quienes quisieron alejarse del camino, vuelvan a la casa paterna. La misericordia del Señor es eterna, proclama el salmo 117.

Que Dios, desde su templo, nos bendiga. Hermosas palabras. Plegarias de un pueblo que camina bajo la guía de una brújula que orienta su aguja magnética hacia el norte anhelado. La presencia de la Iglesia, con un corazón profético, habla en los lugares menos indicados para contar aquello que ve y siente. Juan, en el despertar de un éxtasis, en un domingo decisivo para su fe, escucha las palabras de Alguien que lo llena de fortaleza en su destierro en la isla de Patmos: “Yo soy el primero y el último; yo soy el que vive. Estuve muerto y ahora, como ves, estoy vivo por los siglos de los siglos”.

El libro del Apocalipsis, alma de la fe y del testimonio de un pueblo, revela a Jesús resucitado, vivo y animoso. En el Evangelio del mismo autor, Jesús revive nuestra dignidad de creyentes: “Dichosos los que creen sin haber visto”. Con la fe, tendremos vida en su nombre. Amén.