Juan Luna
Quilanga, 09 de mayo 2025
Llega mayo y el primer pensamiento está en el mes de la Virgen María, en mes de la madre. La madre celestial, a quien profesamos devoción y honramos su presencia en nuestro caminar y la madre que concibe, cría y acompaña los pasos de sus hijos.
La historia de María, la Madre del cielo, empieza con el relato de las sagradas escrituras, presentando a una tierna niña-adolescente en el hogar de Joaquín y Ana, adornada de sencillez y humildad, crecía en el silencio de su hogar y que seguramente enfrentaba la dureza de la vida en la aldea de Nazareth.
Comprometida, según las tradiciones y costumbres, recibe la visita del Ángel Gabriel, quien, revestido de la fuerza de Dios es el responsable de anunciar a María “que concebiría y daría a luz un niño por obra del Espíritu Santo”, sin duda, se asombra, se asusta y pregunta. Comprendida la respuesta de ser Madre de Dios a temprana edad, asume el reto y, desde entonces, se configura como la madre de la humanidad.
De la tranquilidad de una tierna niña-adolescente empieza a enfrentar, primero la duda de su esposo, ya avanzado en edad, el nacimiento de su hijo en un portal, sin techo y rodeado de los animales, la pérdida de su hijo a los 12 años y el momento más cruento, el dolor de acompañar a su hijo en el camino al calvario, tomarlo en sus brazos ya muerto y lo más doloroso sepultarlo y quedarse solamente acompañada del apóstol Juan.
El sacrificio tuvo su recompensa, los ángeles cantaba y llenaron de alegría la noche del nacimiento, los astros se alineaban en la noche buena con la luz de una llena, encontrarlo entre los doctores de la ley explicando las escrituras y verlo glorioso en su resurrección la convirtieron en ese ser humano y divino que perdura por más de dos mil años, su figura, su obra, sus valores hace que la honremos en nuestra vida y en nuestros templos como la buena y bondadosa madre.
La historia de la madre en la tierra se configura desde su feminidad y capacidad para concebir y llevar en su seno durante nueve meses, no a un hijo, sino, a muchos hijos a quienes primero los alumbra al expulsarlos con dolor desde su vientre, escuchar su primer llanto y luego amantarlo, verlo crecer, acompañar sus primeros pasos, configurar sus sueños y dejarlo ir cuando ha crecido la llenan de dolor, pero de mucha esperanza, porque quién más que la madre para conocer al hijo de sus entrañas.
La madre sufre sí, ver como sus vástagos crecen y se van, pero su consuelo está en que ella mismo les ayuda a emprender el vuelo al brindarles sus primeras enseñanzas y darles testimonio de trabajo, de perseverancia, de fortaleza, de fidelidad.
En el corazón y en la mente de la madre siempre están sus hijos, nadie se le escapa de su mirada protectora, sus brazos son tan grande que abraza a todos con el mismo abrigo, sus fuerzas son tan poderosas que no duerme por trabajar y aguardar hasta que el más pequeño o el más grande esté ya en su regazo, es tan sabia que, muchas veces sin haber estudiado administra y comparte con generosidad lo que los sufrimiento y alegrías de la vida le han brindado.
Mi madre y todas las madres son así, débiles y fuertes a la vez, generosas y ahorrativas, sabias y prudentes. Artesanas de la vida que tallan en sus hijos, ideas, acciones y valores que perduren en su vida.
Feliz día de la madre.
