CORDEROS EN MEDIO DE LOBOS

    P. MILKO RENÉ TORRES ORDÓÑEZ

Vivimos inmersos en una sociedad llena de alternativas buenas y malas que condicionan nuestra manera de actuar. Parece que prevalece el relativismo en la toma de decisiones. A muchas personas poco les importa vivir con coherencia su fe, celebrar los sacramentos o poner en práctica los mandamientos de la ley de Dios. El hombre de hoy vive muy deprisa. Circula con sus vehículos, por las avenidas o autopistas, a una velocidad que desafía las leyes de la convivencia humana.

Ha convertido los valores que dignifican su identidad en algo superficial. Las ciudades recubiertas de cemento y hormigón son jaulas que guardan a corderos y lobos. Un mundo sin alma, aunque protegido por el color del dinero. El humanismo vibra en el silencio de noches sin luz, de días sin término. La fe, una quimera escondida en una biblioteca abandonada, clama por escuchar una voz de esperanza. Nos hemos olvidado de pensar en Dios, de alabar y reconocer la grandeza de la creación.

El júbilo profético de Isaías abre los oídos de la humanidad que ha cerrado para siempre el sentido de vivir una fiesta con la armonía de una música celestial. Vive en la gracia de su vocación a la santidad en medio del caos: “Al verlo se alegrará su corazón, y sus huesos florecerán como un prado”.   El Salmista lo recuerda: “Vengan a ver las obras de Dios, sus grandes proezas en favor de los hombres…los que temen a Dios vengan a escuchar. Les contaré lo que ha hecho conmigo”. No debemos permanecer impávidos ante la solemne invitación. Las maravillas que Dios ha hecho con nosotros deben desinstalarnos para salir de aquella prisión con corazón de ciénaga asfixiante. El hombre, cuando habla de la santidad de Dios, contagia a sus interlocutores de la alegría mesiánica, de tiempos nuevos y renovadores. ¿Qué podemos reconocer en el éxtasis espiritual de san Pablo?: “Dios me libre si no es en la cruz de Nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo”.

Su vivencia apostólica, testimonio fehaciente de supervivencia en medio de una jauría de lobos disfrazados con piel de corderos, muestra el temple de una respuesta al llamado de Jesús en su periplo ciego hacia Damasco: “Yo soy Jesús a quien persigues”. Impacta sobre manera la fuerza de su vocación: “Para mí, la vida es Cristo. ¡Ay! De mí si no evangelizo”. La cumbre de su amor por Jesucristo la vivió en su martirio en Roma, al igual que Pedro y una secuencia significativa de cristianos que entregaron su vida derramando sangre, semilla fecunda de la misión de la Iglesia a lo largo de los siglos.

Las cadenas, las cárceles, el espectáculo circense frente a leones hambrientos y a una multitud insaciable de placer sanguinario, representaron un paso hacia la gloria. Habrán repetido más de una frase de Cristo en la cruz: “Todo está cumplido…Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. La tarea misionera de Jesús nos incumbe a todos. Recibimos en Cristo el bautismo para dar razón de nuestra fe en el mundo. De su mano evangelizamos los corazones más reacios y configuramos la fe.