El primer amor

Diego Lara León

Hace 25 años fui parte de un proyecto que iniciaba y que hoy es una enorme realidad. Éramos un equipo de jóvenes con muchas ganas, sin experiencia, pero guiados por un gran líder que nos motivaba, educaba y acompañaba.

Entre tantas de las enseñanzas y luego de empezar a cosechar los primeros resultados (varios años después de haber iniciado el proyecto), de pronto, un día empezamos a sentir que nuestra oficina se nos hacía muy pequeña, que los muebles ya nos parecían incómodos, que las computadoras ya no estaban a nuestra altura. Para salir de viaje, exigíamos los mejores carros y además sentíamos que el trabajo ya era muy pesado y que necesitábamos asistentes.

Esa percepción empezó a reflejarse en el clima laboral y en la relación que teníamos, siempre fuimos como una gran familia.

Aquel líder, que entendió claramente lo que estaba pasando, nos reunió. Habíamos asistido a tantas reuniones que se convirtieron en master class y enormes lecciones de vida. Pero, esta reunión, en particular fue especial y muy enriquecedora.  

Empezó la reunión con una pregunta: “¿Recuerdan cómo empezó todo?” Y a continuación proyectó una serie de fotografías del inicio del proyecto, varios años atrás.

Pasaron muchas fotos, donde nosotros, mucho más jóvenes, éramos los protagonistas. Se detuvo en una fotografía en la cual nos recordó (ya lo habíamos olvidado), que empezamos a trabajar en escritorios improvisados, esos no eran escritorios, eran tableros hábilmente acomodados por nosotros mismos sobre cartones. Otra foto nos recordó que teníamos solo una computadora para todos y con una terrible conexión a internet, no había oficina para cada uno, era una gran bodega, que la convertimos en oficina. Otra fotografía nos recordó los primeros viajes en bus o en los carros “viejos” que eran los únicos disponibles.

Un gran silencio inundó el lugar y lo siguiente que dijo fue: “En esas condiciones ustedes hicieron lo más difícil, iniciar un gran proyecto y lo hicieron maravillosamente”.

Ahí fue cuando escuché por primera vez una frase, que desde aquel día ha sido una constante en mi vida profesional. “HAY QUE SABER REGRESAR DE VEZ EN CUANDO AL PRIMER AMOR”.

“La pasión por una idea, el entusiasmo de emprender algo nuevo, el deseo genuino de aportar valor, de marcar la diferencia, eso es el “primer amor”. Ese “primer amor” fue más que emoción, fue el motor que nos impulsó a arriesgarnos, a salir de la zona de confort, a creer que lo imposible era posible.

Con el tiempo, es natural que ese primer amor se enfrente al desgaste. Las rutinas, las crisis, la presión por los números y las exigencias del mercado pueden hacernos perder de vista el “para qué” y el “por qué” de lo que hacemos. Es fácil caer en el piloto automático, donde el propósito se diluye y el trabajo se convierte en mera supervivencia.

Pero, volver al primer amor no significa empezar de nuevo, sino recordar lo esencial. Significa reconectar con los valores que nos dieron origen, con la misión que nos entusiasmó desde el principio. Significa renovar el compromiso con nuestros clientes, con nuestros compañeros y con nosotros mismos.

Hoy les propongo algo: que cada uno de nosotros, sin importar el cargo o el área, se tome el tiempo para reconectar con su primer amor. Que recuperemos esa pasión, que volvamos a creer en lo que hacemos, porque las empresas no son solo estructuras ni números, son personas con pasión, con historias, con propósitos. Y cuando una empresa recuerda su primer amor, se convierte en un espacio vivo, potente y transformador”.

Regresar al primer amor, no busca repetir el pasado, busca renovar el presente con sentido, para proyectar un futuro mejor.

@dflara