Homo deus: superar la muerte, hasta la vida artificial – XII Parte

 Por: Lcdo. Augusto Costa Zabaleta

La religión está interesada en el orden crear y mantener la estructura social; la ciencia está interesada en el poder curar las enfermedades, combatir las guerras y producir alimentos; en consecuencia sería mucho más correcto considerar la historia moderna como el proceso de formular un pacto entre la ciencia y una religión con el humanismo; la modernidad es un pacto todos firmamos este pacto el día en que nacemos, y el regula nuestra vida hasta el  día en que morimos; hasta llegar a la época moderna, la mayoría de las culturas creían que los humanos desempeñaban un papel en algún plan cósmico concebido por los dioses omnipotentes y por las leyes eternas de la naturaleza todo ello desde luego, generaba y confería a los humanos protección psicológica frente a los desastres; la cultura moderna rechaza esta creencia en un gran plan cósmico, desde el punto de vista científico, el universo es un proceso ciego y sin propósito, lleno de ruido y furia y que no signifique nada.

La búsqueda moderna del poder se ve alimentada por la alianza entre el progreso científico y el crecimiento económico, durante la mayor parte de la historia, mientras la economía estaba ultra congelada, la ciencia avanzo a paso de tortuga estos estacionamientos provenían en gran parte de las dificultades de la financiación de nuevos proyectos, sin ella no era fácil drenar marismas, tender puentes y construir puertos y el estacionamiento se perpetuaba; en la actualidad, predicadores hindúes piadosos musulmanes nacionalistas japoneses y comunistas chinos acuden a objetivos muy diversos pero siempre convencidos en el crecimiento económico; en la actualidad se acepta de manera generalizada que una versión del capitalismo es libre mercado, una forma más eficaz de asegurar el crecimiento a largo plazo.

La emisión de gases de efecto invernadero, los científicos y el pueblo en general estamos conscientes de ello; entre el año 2000 y 2010, las emisiones no se redujeron en absoluto, aumentaron una tasa anual del 2,2 por ciento, y el incremento anual del 1,3 por ciento entre 1970 y 2000; el Protocolo de Kioto sobre reducción de gases de efecto invernadero pretendía meramente retardar el calentamiento global, más que detenerlo, pero el principal contaminador del mundo Estados Unidos se negó a firmarlo; en diciembre del 2015 se establecieron objetivos más ambiciosos en el Acuerdo de Paris; muchos políticos y votantes creen que, mientras la economía crezca, científicos e ingenieros podrán salvarnos siempre de la catástrofe, cuan irracional es arriesgar el futuro de la humanidad a partir de esta suposición, y ¿Qué hay de los pobres, porque no protestan? (será porque su voz es muda y no tiene eco), si llega el diluvio, se llevarán la peor parte.

Lo que salva a la sociedad moderna del colapso, no es la ley de la oferta y la demanda, sino por el auge de una nueva religión revolucionaria que es el humanismo; la revolución humanista es el pacto moderno que nos ofrece poder a condición de que renunciemos a nuestra creencia en un gran plan cósmico; el gran proyecto político artístico y religioso de la modernidad, ha sido encontrar un sentido a la vida que no esté originado en algún plan cósmico; es el orden con sentido el humanismo, el antídoto contra una existencia sin sentido y sin ley, un credo nuevo y revolucionario que compuso el mundo durante los últimos siglos; al sacerdote medieval lo reemplazo el psicólogo.

Nuestros sentimientos aportan sentido no solo a nuestra vida privada sino también a los procesos sociales y políticos; como sobre el votante a quien elegir, los sentimientos filtrándose de los vacuos eslóganes de propaganda, atendiendo solo a mí auténtica voz interior.