EL DINERO INJUSTO

Las lecturas de la Palabra de Dios de este domingo contienen un mensaje actualizado, tan real como la economía que entretiene y distrae al hombre de todos los tiempos. Nos encontramos inmersos en la profundidad de los cimientos éticos y sociales de un mundo globalizado.

Un profeta, llamado Amós, predica en un entorno lacerado por las injusticias y la idolatría al dinero. La riqueza, considerada como un bien necesario, muestra dos caras. La primera, beneficia al hombre y la sociedad que la utiliza de buena manera porque genera recursos que le permiten progresar. La segunda, cuna de desigualdad y de pecado, rompe la armonía y fomenta desequilibrios con consecuencias catastróficas. El eco profético de un hombre de Dios, enviado a anunciar y denunciar, resuena en el oído con una fuerza incontenible. Dice: “Escuchen esto los que buscan al pobre sólo para arruinarlo…los obligan a venderse”. El oráculo de Amos, estruendoso como el paso de una tormenta, reafirma la intervención de la justicia divina: “El Señor, gloria de Israel, lo ha jurado: no olvidaré jamás ninguna de estas acciones”. Resurge la invitación a leer los signos de los tiempos y a escuchar con atención la voz de un Dios que es justo. El salmista refuerza la llamada a retomar el camino de la rectitud: “Él levanta del polvo al desvalido y saca al indigente del estiércol para hacerlo sentar entre los grandes, los jefes de su pueblo”. San Pablo, con idéntica fortaleza, exhorta a Timoteo que “haga oraciones, plegarias, súplicas y acciones gracias por todos los hombres, y en particular, por los jefes de Estado y las demás autoridades…”. No podemos eximirnos de considerar que, este cuestionamiento lapidario, exige respuestas y compromisos. El Apóstol remarca su preocupación y pide que “los hombres, libres de odios y divisiones, hagan oración dondequiera que se encuentren, levantando al cielo sus manos puras”. Hemos procurado resumir una trilogía de realidades que no deben permanecer adormecidas en la conciencia de ninguna persona con criterio formado. La Palabra de Dios tiene que sacudirnos. Nosotros debemos lucir el traje que dignifique la invitación del Señor a entrar en su casa. Imitemos a las doncellas prudentes que esperan al dueño de la fiesta con las lámparas encendidas, llenas de aceite, signo de alegría y justa paciencia. Bebamos, como la Samaritana, de la verdadera fuente de agua viva que es Jesús. El anuncio de buenas noticias lo trae San Lucas. Como un gran narrador nos lleva a navegar en las aguas del discernimiento. Jesús utiliza la figura de un administrador deshonesto que había malgastado los bienes de un hombre rico. En la angustia que vive, a causa de las acciones que lo complicaron, encuentra una solución maquiavélica: “¿Qué voy a hacer ahora que me quitan el trabajo?”. Actúa con fina astucia. Resuelve, a su modo, su dilema. Jesús resalta con elocuencia su innata habilidad. La narración concluye con un cierre digno de la mejor obra de arte: “No pueden ustedes servir a Dios y al dinero”. Nos preguntamos: ¿Cómo debemos actuar en la administración de los bienes que el Señor nos da? No perdamos el norte de la justicia social. Construyamos un mundo de equidad y paz.