A partir de la modernidad el Homo Faber (hombre que fabrica) destronó al Homo sapiens, siendo el primer equivalente paleoantropológico del homo faber, caracterizado por ser el primer fabricante de útiles y organizador de su hábitat. A menudo homo faber se asocia con la inteligencia y la técnica, pero su definición también tiene una dimensión moral y social, ya que se refiere a una forma específica de ser humano. Según Bergson homo faber “es el ser humano comprometido con la transformación tanto de sí mismo moralmente como de las cosas materiales, en contraste con el homo sapiens”.
La creación de herramientas y la habilidad para perfeccionar instrumentos es la principal característica del homo faber, lo cual le ha permitido transformar su entorno y moldear su propio futuro. La inteligencia del homo faber se manifiesta por la facultad de fabricar artefactos, en especial aquellos que son útiles para hacer otros útiles. Por lo que la capacidad de fabricación diferencia al ser humano de otros animales, marcando un umbral en el proceso de hominización.
Los humanos, más que cualquier otra especie, han estado alterando sus caminos de desarrollo por medio de la creación de nuevas formas materiales y abriéndose a nuevas posibilidades de compromiso material. Es decir, nos constituimos a través de la fabricación y el uso de tecnologías que les dan forma a nuestras mentes y extienden nuestros cuerpos, porque hacemos cosas que, a su vez, nos hacen.
Pero Byung-Chul Han en su libro La sociedad del cansancio nos dice una gran verdad: el predominio del homo faber sobre el homo sapiens, conlleva a la automatización de la vida activa alejada de la contemplación, en la que el hombre se vuelve una máquina de rendimiento autista. El hombre de hoy vive una constante aceleración que lo lleva a la hiperactividad, lo condena al agotamiento profundo. Vivimos una sociedad del estrés, de la ansiedad y la depresión. El hombre de hoy es el Prometeo cansado y devorado por su propio ego; es víctima y verdugo a la vez. Su vida está organizada por los tiempos del trabajo, a una continua hiperestimulación de los sentidos que anula su capacidad analítica.
G. Castillo predice otra verdad: “cada día estamos dejando de ser hombres pensantes para convertirnos en hombres que so lo hacen. El hombre de hoy está al servicio de la tecnología, olvidando que la técnica es para el hombre, y no el hombre para la técnica. Absorbido por ella, pierde su capacidad de reflexión y de pensamiento, lo único que nos hace diferentes de los otros animales”. José Ramón Valente ex ministro de economía chileno ilustra este paradigma cuando dice: “La vida es muy corta. Siento que si leo una novela es tiempo que le estoy quitando a aprender algo”.
Entonces, a qué nos atenemos. ¿Debemos mantenernos constantemente ocupados? ¿Nos dejamos llevar por el estrés, el cansancio, la ansiedad, la hiperactividad o la depresión? O damos pábulo a la reflexión, a la imaginación, a la contemplación, al regocijo espiritual, a una vida sosegada, lejos del mundanal ruido, si gestionamos el tiempo de manera inteligente.
