Luis Antonio Quizhpe
En una entrega anterior afirmé con el politólogo Geovanny Sartori que, a fines del siglo XX, hemos pasado de la era del Homo Sapiens, caracterizado por la cultura escrita, a la era del Homo Videns, en la que la palabra ha sido destronada por la imagen. Y avanzando con esa tesis, el politólogo peruano Marco Aurelio Denegri afirma que vivimos en la era de la “videocracia”, es decir, gobernados por la “imagen” y, al estar regidos por este medio, la lectura tiende a morir.
En dicha era, para Denegri, la juventud estaría presentando serias lesiones cerebrales en las áreas de Broca, Exner, Wernicke y Kussmaul. En la de Broca se nota que los chicos, cada vez hablan menos, es decir, padecen de afasia, porque apenas tienen un léxico de unas 50 palabras. En la de Exner los estudiantes acusan deficiencia de escritura, es decir, son ágrafos. En la de Wernicke entienden menos lo que dice el profesor, o sea, padecen sordera verbal. Y, en la de Kussmaul los alumnos no entienden lo que leen, o sea, acusan ceguera verbal.
Avanzando un poco más, Silvera M. asevera que: “La videocracia impone una percepción acelerada, donde el homo videns (Sartori, 1998) ya no es un sujeto de conocimiento, sino de captura. Lo que se ve se consume, lo que se consume se olvida. El logos deviene en pathos efímero”. Tal como advertía Virilio (1998), “la velocidad de la imagen anula la profundidad de la experiencia”. O como diría Byung-Chul Han que “la sobreexposición elimina todo umbral, toda profundidad. Nada permanece oculto. Todo debe ser mostrado, y así se vacía”.
Además, continua Silvera M. “la videocracia ha instaurado un nuevo orden gnoseológico: solo existe lo que se muestra. Frente a esta ontología de la visibilidad compulsiva, el acto filosófico se erige como un modo de reapropiación del silencio, de la oscuridad incluso, como espacios fértiles para la verdad. Porque lo que duele, a veces, es lo que más revela. Pensar no es grabar. Resistir no es viralizar. Amar no es likear. Aún hay quienes se atreven a cerrar los ojos para poder ver o leer”.
Pero, Silvera M. va más allá al decir que la videocracia se ha convertido en videolatría, que sería “la sacralización de la imagen en movimiento dentro del capitalismo cognitivo actual. Lo que caracteriza a este fenómeno, ahora, no es la imagen en sí, sino su carácter fetichizado, como diría Marx respecto a la mercancía. Ya no hay imagen que represente: hay imagen que sustituye. La mirada, como decía Sartre, se transforma en dispositivo de control, y en la era digital, ese control no necesita represión externa, sino el deseo de ser visto”.
En definitiva, según DBpedia, a la Videocracia hay que entenderla como el poderío de las imágenes sobre la opinión pública contemporánea. Las sociedades actuales están seriamente influenciadas por el impacto de la TV, el cine, Internet, y la publicidad. Las imágenes puestas en escena que ejercen los intereses privados, los gobiernos y los políticos, están aleados con la videocracia. La «política mediática», el «marketing», las «sociedades de consumo», están involucrados en este enfoque sicosociológico.
