El ser del lector en la época de la hipercomunicación

Galo Guerrero-Jiménez

Si la lectura no se convierte en un proceso dinámico, interactivo y altamente intencionado en su accionar axiológico, cognitivo y metalingüístico entre el lector, el texto y el contexto en el cual se desenvuelve tanto el lector como el texto, muy difícilmente podrá llegar a captar los significados, las ideas, los sentimientos, acontecimientos, emociones, relaciones, discrepancias, y etc. de circunstancias que al comprender, inferir y procesar críticamente lo leído, pueda  circular en la mente del lector, el ser del texto desde un todo coherente que le permita comunicarse y entrar en comunión simbólica consigo y con la alteridad que, representada en el conjunto social, cultural y educativo, fundamentalmente, le permita reconstruir, repensar  su mundo y valorarlo en orden a la realidad ontológica con la cual convive en su cotidianidad.

De esta manera, una lectura llevada a cabo desde estos niveles ontológicos y/o dialécticos, es porque el lector ha logrado conformar un estado contemplativo-reaccionario del espíritu. Por supuesto, para llevar a cabo una actividad lectora según lo indicado hace falta otros parámetros: interés por leer el tema de su predilección, disposición mental, silencio, concentración, atención, lo cual, en este mundo virtualizado, tecnificado e informatizado, sobre todo, a los noveles lectores les resulta muy complicado porque la hipercomunicación digital destruye todos los órdenes mentales del espíritu humano, en especial, la concentración, la atención y el silencio.

Lo dice categóricamente Byung-Chul Han: “la información como tal es un ruido. Hoy en día lo percibimos todo desde la perspectiva de la información. De ese modo, la inmundicia de la información y la comunicación cubre el mundo con su ruido. La información, en tanto que ruido, arrasa la atención. Solo la atención contemplativa puede acceder al silencio. El estruendo de la información y la comunicación que asalta al alma es mucho más destructivo que el estruendo de las máquinas de la modernidad. El espíritu necesita silencio para producir o para recibir algo que sea completamente distinto” (2025).

En efecto, el espíritu humano del lector necesita concentración, atención y silencio; para ello, debe apartarse del ruido de la hipercomunicación digital; de lo contrario, la concentración, la creación, la contemplación, la reflexión, el éxtasis, e incluso la rebeldía que puede provocar un texto debidamente leído bajo estos parámetros, no podrán aflorar jamás y, por ende, el mismo desarrollo científico y tecnológico ya no puede cumplir aquella función cultural integradora que podría llegar a valorar un lector cuya temática esté encaminada a educarse profesionalmente desde esta óptica del conocimiento; pues, solo le servirá para producir más ruido y, por ende, menos operatividad para actuar bajo los parámetros del poder contemplativo del espíritu: excelso, activo, tolerante, creativo, pensante.

No se diga el tema de las artes, la filosofía, la teología y la literatura, especialmente que, “es, ha sido y seguirá siendo, mientras exista, uno de esos denominadores comunes de la experiencia humana, gracias al cual los seres vivientes se reconocen y dialogan, no importa cuán distintas sean sus ocupaciones y designios vitales, las geografías y las circunstancias en que se hallen, e, incluso, los tiempos históricos que determinen su horizonte” (Vargas Llosa, 2015) como el del ruido y la inmediatez de la información digitalizada que está excluyendo este flujo exquisito del poder de la contemplación y del silencio del espíritu humano para leer con esplendor.

Pues, desde la óptica de la concentración, la atención y el silencio, el lector de literatura se dará cuenta que la verdad, por la cual tanto trabajan los científicos y los humanistas, está en la ficción, por ella, desde la profundidad de su palabra recreada, nos dice cómo es lo real, lo adecuado.