ORO, INCIENSO Y MIRRA

P. MILKO RENÉ TORRES ORDÓÑEZ

Los cristianos católicos celebramos la solemnidad de la Epifanía del Señor, momento culminante en el que el Verbo Encarnado cambia la historia de la humanidad. San Agustín nos invita a exultar “de gozo en el Señor…no solo el día en que nació de judíos, sino también aquel en que se manifestó a los gentiles”. Somos testigos sensibles de un misterio por el que el cielo canta la gloria de Dios y ensalza la dicha de los hombres que, con buena voluntad, construyen la paz. Gracias al “Fiat” de María nace el Emmanuel, signo de fecunda integridad, según reflexiona el Obispo de Hipona. La luz inunda de excelsa claridad al mundo que vivía en tinieblas.

Nos unimos en coro al anuncio de los ángeles, a la glorificación de los pastores, a la proclamación celestial, a la búsqueda incesante de unos sabios de oriente, llamados “magos”, a la adoración de los gentiles, que representan al universo pagano. Ante el Rey que ha nacido, la lógica divina transfigura su esencia para mostrar el fracaso de los desalmados y coronar el llanto de los niños inocentes. La tierra exulta de alegría ante la humildad de un pequeño infante, fuerte en la debilidad, grande en la soledad de un pesebre. Juan, El Discípulo Amado, escribió en el prólogo de su Evangelio que “Todas las cosas fueron hechas por Él, y sin Él no se hizo nada de cuanto existe”.

La Epifanía del Señor nos lleva a postrarnos ante quien nació envuelto en el manto de un frío anonimato, pletórico de infinita realeza. La Epifanía del Señor, recalcaba el Papa Benedicto XVI, “revela a Jesús como la esperanza y el sentido de la historia, haciendo a los hombres capaces de ser luz”. Debemos contemplar esta solemnidad con los ojos del presente, no tanto con la memoria en el pasado, porque podemos estancarnos en el tiempo enmarcado en la tradición y el conformismo. La Iglesia nos impulsa a vivir en el mundo, revestidos con la armadura de la humildad y la valentía, como predicaba Jesucristo.

Llamados, en la pequeñez de un niño, a irradiar transparencia, para entrar, con el alma limpia, al Reino de los Cielos. En las homilías del Papa Francisco prevalece la exhortación frecuente a mirar al cielo. La luz de la estrella de Belén, guía a los hombres de los confines de la tierra, a encontrarse con la plenitud de la fe, la esperanza y el amor. La fe, centrada en el Salvador; la esperanza, acompaña al hombre que permanece firme y vigilante, con las lámparas encendidas para recibir la invitación a disfrutar del banquete del rey; el amor, garantiza la fidelidad hasta el martirio, como la de tantos discípulos y misioneros, dispersos por el mundo: “El camino de la fe comienza cuando, con la gracia de Dios, damos espacio a la inquietud que nos mantiene despiertos, cuando nos dejamos interrogar, cuando no nos conformamos con la tranquilidad de nuestros hábitos, sino que nos la jugamos, nos arriesgamos en los desafíos de cada día; de sueños que realizar, de miedos que afrontar, sufrimientos que hieren la carne”. El oro, incienso y mirra, dones y fortalezas, nos conducen a la luz.