Galo Guerrero-Jiménez
Leer desde el silencio de nuestro corazón, leer como un enamorado de la vida, permite congraciarse con el texto escogido para alimentar el alma del intelecto y fortalecer la idiosincrasia de nuestras emociones que son las que nos permiten que la lectura, es decir, que ese lenguaje que reposa en las páginas o en la pantalla, se conviertan en un alimento espiritual a través del proceso cognitivo que la mente asume para bañar de humanidad y/o de ciencia, según sea la temática del texto leído, la conciencia lingüística en la estética de la reflexión y en la dialéctica de las acciones micropolíticamente asumidas en el tráfago de la existencia humana.
En efecto, adentrarse en la trayectoria que el lenguaje de un texto recorre en la construcción lingüística que el escritor elabora con pleno conocimiento del tema que crea, hace factible el acercamiento amatorio, estético y hermenéutico que el lector recorre mentalmente aplicando las herramientas que, cerebralmente, le brinde su condición humana, de una parte, recordando los cánones que la educación escolarizada le impuso o le dispuso para que aprenda a leer con agrado o solo para cumplir una tarea escolar; de otra parte, leyendo desde la más fina disposición mental como un homo legens que lee para superarse en el estudio, en la profesión y en la sociedad que espera de él un adecuado accionar pragmático para que la comunidad pueda sentirse ayudada y servida organizadamente con el esfuerzo que ese lector, ya profesional, pueda aportar comunicacionalmente; y, aquellos que leen desordenada, caótica, artificial, utilitaria, sentimental y libertariamente para demostrar un cierto poder de relajamiento intelectual ante un medio citadino que ni le va ni le viene el hecho de que alguien lea bajo las condiciones que le sean factibles asumir para aportar al desarrollo de la sociedad.
En fin, estos esfuerzos sanos para leer desde la óptica que le sea posible a un lector siempre serán saludables, incluso, marchando a contracorriente de las nuevas formas de vida que la sociedad ha creado en su accionar diario desde las tecnologías de la información, las cuales no marchan en consonancia con los espacios de lectura, en los que se necesita crear un ambiente de silencio, de concentración, para que el pensamiento escrito del texto pueda ser valorado antropológica, estética, ética, ecológica, cultural y hermenéuticamente desde nuestra mejor compostura humanística, dado que, como señala Rodríguez Pérez: “Leer es ser. Leer es despejar la existencia en un horizonte simbólico. Desde una visión heideggeriana la lectura es la efectividad del tiempo. Se lee el tiempo del ser humano en el instante fugitivo que no es ni presente ni pasado. La apertura de la temporalidad humana sucede en la lectura. El lector es temporalizado por el lenguaje en el acto mismo de leer. La palabra trae al lector las cosas en una posible presencia, quizá fantasmal, como en un acto lúdico, inocente, como en una alucinación infantil. El fluir imaginario que guarda el lenguaje se constituye en el silencio del lenguaje que aparece en forma de sonido, en forma visual, como una textura para el tacto, como una imagen para el ojo” (2003) que conmueve al lector y lo fortalece para actuar con una nueva visión.
Sin embargo, estos elementos ontológicos, filosóficos, dialécticos, visionarios, espirituales y de todos los órdenes de reflexión a los que nos encamina la lectoescritura, se ven apabullados, como señala Benjamín Pinza, por “la velocidad con la que el cerebro, actualmente, es bombardeado por una lluvia constante de información, [que] anula toda capacidad de procesar esa información, seleccionarla y asimilarla a efectos de generar juicios de valor, reflexiones y criterios de verdad. Crecemos repitiendo ideas que no elegimos, creencias que llegaron antes que nosotros. No verificamos, no contrastamos, aceptamos ciegamente cualquier versión, administrando criterios ajenos y renunciando a pensar con cabeza propia” (2026) y diligente.
