UN HOMBRE DE DIOS

P. MILKO RENÉ TORRES ORDÓÑEZ

En el Antiguo Testamento encontramos narraciones con géneros literarios muy variados sobre personajes, profetas, reyes, cuya vida nos deja valiosas enseñanzas para nuestro crecimiento espiritual y humano. La profecía bíblica encuentra un punto de origen en Elías, un hombre de Dios. La historia de este hombre siembra en la memoria escrita del pueblo de Dios un legado de humildad y obediencia a los designios divinos. Aparece una de las fórmulas más emblemáticas de la historia de la salvación: promesa-cumplimiento. El segundo libro de los Reyes narra la realidad de una mujer casada con un anciano, con quien no podía concebir un hijo.

Elías, como un signo de gratitud, le profetiza el nacimiento de un niño que representaba para ella dignidad y pertenencia en medio de su comunidad: “El año que viene, por estas mismas fechas, tendrás un hijo en tus brazos”. Elías desarrolla una amplia y compleja misión en un entorno que necesitaba sentir la presencia de Yahveh, el único Dios, vivo y verdadero. Otro de los temas claves en el conjunto de los Libros Históricos es fortalecer y recordar la fidelidad a la Alianza celebrada por sus antepasados que selló un camino de liberación e identidad. Un eco de este pacto de amor entre Dios e Israel lo proclamamos en el salmo 88. El autor sagrado dice: “Proclamaré sin cesar la misericordia de Señor, y daré a conocer que su fidelidad es eterna, pues el Señor ha dicho: Mi amor es para siempre, y mi lealtad, más firme que los cielos”.

Los versículos siguientes amplían el horizonte de cercanía y compañía recíproca. El pueblo de Dios continúa forjando su presente histórico y su fe, como un legado de infinito valor. La Alianza, celebrada entre signos y símbolos, alcanza plena actualidad con la muerte y resurrección de Jesucristo. San Pablo, en el capítulo 6 de la carta a los Romanos nos recuerda que “Todos los que hemos sido incorporados a Cristo Jesús por medio del bautismo, hemos sido incorporados a su muerte”. Con el bautismo nacemos y disfrutamos de una nueva vida en la Iglesia. Como hijos de Dios asumimos el compromiso de dar razón de nuestra fe en el mundo. Con el sacramento de la confirmación fortalecemos la misión como buenos soldados de Cristo.

La vida sacramental alimenta el alma de quienes tenemos hambre y sed de Dios, nuestro Padre. Jesús, en el Evangelio según san Mateo, predica una de las exigencias radicales de su llamamiento: “El que ama a su padre o su madre, más que a mí, no es digno de mí…y el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí”. Las palabras de Jesús, claras y determinantes, marcan la ruta de una misión en función del amor y de la verdad. San Ignacio de Loyola nos dejó la llave para abrir la puerta del anuncio del reino de Dios: “En todo, amar y servir”. Jesús bendice y ora por la acción del profeta en su Iglesia: “El que recibe a un profeta por ser profeta, recibirá recompensa de profeta”. La Iglesia cuenta con nosotros para anunciar la palabra viva de quien nos amó hasta entregar su vida.