¿Votos o perfiles? El dilema de un elector

Juan Luna

Quilanga, 01 de julio de 2026

Con la convocatoria a elecciones seccionales e inmersos en un proceso de elecciones primarias, la fiebre electoral cobra forma y fuerza. Los partidos y sus listas, en la mayoría de los casos, ya están definidos; otros siguen en busca de los candidatos “ideales” y algunos más aspiran a encontrar el “partido ideal”. Atrás han quedado la ideología política y el perfil idóneo para regir los destinos como alcaldes, prefectos o concejales.

El proceso se desarrolla en medio de la indiferencia de los ciudadanos y de la efervescencia de los ya candidatos. La indiferencia nace de la poca credibilidad que los políticos de turno han despertado por su incoherencia, el incumplimiento de sus planes de trabajo, la denigración de la palabra debido a la mentira constante y la parafernalia de una comunicación inmediata en redes sociales, donde ciertos medios se convierten en meras antenas repetidoras del poder. En cambio, la efervescencia viene de los aspirantes que buscan, a como dé lugar, un espacio en la gestión pública.

Frente a este proceso electoral seccional, urge responder a las interrogantes que definirán nuestro futuro: ¿Conviene una orientación ideológica en los candidatos? Más que una etiqueta partidista —hoy tan devaluada—, la respuesta es sí, y siempre debe ser sí. La orientación ideológica (entendida como el tratado de las ideas) importa porque refleja una postura clara frente a las necesidades sociales, al desarrollo económico, al cuidado de la naturaleza y a la vida. Un candidato sin un horizonte conceptual-ideológico se mueve al ritmo de sus propios intereses y de los del mejor postor. Respecto al perfil profesional, este no debe ser un lujo, sino un principio que anime y oriente la acción para garantizar una gestión eficiente; mientras que la calidad humana, la empatía y una sólida ética aseguran que los recursos públicos no terminen en la corrupción y en la mentira.

Desde mi reflexión, el votante muchas veces suele verse seducido por el populismo de las ofertas vacías y el ruido efímero de las redes sociales, herramientas diseñadas para entretener, no para gobernar. Si seguimos eligiendo bajo el influjo del marketing de la tarima y de las pantallas, seguiremos cosechando administraciones mediocres. Los electores debemos aprender a discernir y valorar el fondo sobre la forma; así desterraremos los espectáculos y abriremos el camino a la verdadera acción política como el arte de hacer bien las cosas.

La realpolitik no puede seguir siendo el arte de la simulación ni el refugio de los intereses personales. Al contrario, debe ser una oportunidad de servicio, de búsqueda del bien común y del buen vivir, en donde principios como la identidad y el amor a nuestra patria chica permitan construir juntos una parroquia, un cantón y una provincia mejores.