UNA LLUVIA FINA

P. MILKO RENÉ TORRES ORDÓÑEZ

El profeta, un hombre entre los hombres de su comunidad, recibe un llamado de parte de Dios para anunciar y denunciar. Cada mensaje que transmite al pueblo conlleva palabras que transforman su vida. Con frecuencia leemos oráculos de conversión, fuertes amenazas de castigos, sentencias determinantes que exigen una respuesta inmediata. De la misma manera, Dios acompaña, bendice y promete un presente lleno de bendiciones y un futuro con mucha prosperidad.

La Palabra de Dios, viva y eficaz, revela el corazón de un Padre que ama por encima de todas las cosas. El Papa Francisco exhortaba a la Iglesia a reconocer que Dios tiene entrañas de misericordia, lleno de ternura. La revolución de la ternura define, más que mil palabras, el proyecto de un Dios, creador de todo, especialmente del hombre, imagen y semejanza suya. El profeta Isaías, en la parte final de su obra, escrita en épocas históricas diferentes, comparte el deseo de renovación espiritual y humano de Israel, el pueblo que Él ha escogido de donde saldría el Salvador de la humanidad.

En tono fraterno, poético en su estilo, desarrolla la teología de un mundo que debe vivir en armonía, a partir de la escucha paciente y silenciosa de su palabra: “Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo, y no vuelven a ella sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germina, para que de semilla al sembrador, y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca…”. La lluvia fina cae lentamente, genera esperanza, produce frutos abundantes, bendice cada espacio. El alimento que recibe el sembrador, signo de bendición y gratitud, muestra la presencia de Dios en su diario vivir. Cada palabra que sale de la boca de Dios reanima nuestras fuerzas desgastadas por los avatares mundanos. La conclusión de la profecía de Isaías revela la voluntad de Dios: “No volverá a mí vacía, sino que cumplirá mi deseo y llevará a cabo mi encargo”.

El autor del Salmo 64 actualiza lo escrito: “Tu cuidas la tierra y la enriqueces sin medida”. Las praderas y los valles cantan la gloria de Yahveh”. San Pablo, en el capítulo 8 de la carta a los Romanos, actualiza y condensa la tradición escrita por sus antepasados, a la luz del misterio de Cristo: “Considero que los sufrimientos de ahora no se pueden comparar con la gloria que se manifestará”. Nosotros, con los dones del Espíritu Santo, esperamos el día final, el encuentro definitivo con el Padre eterno que nos espera en el cielo. Jesús, el gran Maestro y Pastor, habla a la humanidad desde la cátedra de la humildad, con poder y autoridad: “Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ese da fruto, y produce ciento o sesenta, o treinta por uno”.

En la orilla, junto al mar de Galilea, Jesús pronuncia, una vez más, su mensaje de bienaventuranza. Somos dichosos porque escuchamos y vemos aquello que otros no pudieron ver, ni escuchar: el Evangelio encarnado, dispuesto a mostrarnos que el amor de Dios no tiene fronteras. Nos corresponde aceptar el regalo de su palabra, mensaje de plenitud, fe, fortaleza y paz.