José Paul Moreira Morales
Se armó una verdadera controversia con el concurso para el nuevo Museo Nacional del Ecuador, ya que, una parte importante de la población considera que el estilo brutalista no representa la identidad arquitectónica de nuestro país.
¿Por qué ocurre este rechazo? Tengo una hipótesis y tiene que ver con la historia.
El brutalismo nació en Europa durante las décadas de 1950 y 1960. Su nombre proviene del término francés béton brut («hormigón en bruto»), popularizado por el arquitecto Le Corbusier.
Su auge coincidió con la reconstrucción de ciudades devastadas por la Segunda Guerra Mundial. Era una arquitectura práctica: estructuras de hormigón armado, costos relativamente bajos, rapidez constructiva y una resistencia considerable. El problema es que las soluciones para una Europa destruida por la guerra no necesariamente son las mejores respuestas para ciudades latinoamericanas que poseen patrimonio histórico, identidad colonial y paisajes privilegiados.
Durante la Guerra Fría, muchos arquitectos latinoamericanos estudiaron en universidades europeas y de países del bloque socialista, como consecuencia, diversas corrientes internacionales llegaron a América Latina, entre ellas el brutalismo. Esa influencia es perfectamente normal: toda arquitectura evoluciona mediante intercambios culturales. Lo discutible no es el origen del estilo, sino cuándo y dónde resulta adecuado aplicarlo. Claro que el brutalismo tiene méritos; muchos de sus edificios poseen extraordinaria calidad estructural y algunos son considerados patrimonio arquitectónico mundial, no todo edificio brutalista es feo; algunos son verdaderas obras maestras de la ingeniería. Pero tampoco todo edificio de hormigón merece ser llamado obra de arte.
Un ejemplo emblemático en Ecuador es el edificio de CIESPAL en Quito, construido entre 1976 y 1979. Para muchos arquitectos constituye un referente del brutalismo ecuatoriano; para otros ciudadanos, entre los que me incluyo, parece que fue construida por ingenieros especializados en búnkeres nucleares. Es cuestión de gustos, aunque admito que por dentro posee espacios muy interesantes. La discusión de fondo no es si el brutalismo es bueno o malo, la verdadera pregunta es:
¿Es el lenguaje arquitectónico que mejor representa la imagen que queremos proyectar como país?
Las ciudades más visitadas del mundo entendieron hace décadas que la arquitectura no solo sirve para albergar oficinas. El mejor ejemplo es el Museo del Louvre. Solo este museo recibe alrededor de 8 a 9 millones de visitantes al año, una cifra superior al total de turistas internacionales que recibe Ecuador. Además, su impacto económico directo e indirecto para Francia se mide en cientos de millones de euros anuales. La arquitectura espectacular no es un gasto, es una inversión. Otro caso es el Aeropuerto Changi. No es simplemente un aeropuerto, es un jardín botánico, un centro comercial, un parque, un destino turístico. Su cascada interior de 40 metros —la Rain Vortex— recibe visitantes incluso por los que no van a tomar un avión. Imaginen eso aplicado a un museo. Imaginen una plaza donde la luz del sol durante los solsticios genere efectos ópticos cuidadosamente diseñados. Imaginen edificios que recojan agua lluvia para alimentar jardines verticales. Imaginen fachadas vivas capaces de producir energía. Imaginen edificios vivos donde los turistas quieran tomarse fotografías antes incluso de entrar; mientras tanto, algunos siguen enamorados del bloque de cemento; porque al parecer, el gris combina perfectamente con la burocracia. No estoy proponiendo edificios extravagantes únicamente para llamar la atención. Estoy proponiendo arquitectura inteligente, sostenible, funcional; pero también hermosa, porque la belleza también genera riqueza; entonces, ¿por qué seguimos construyendo oficinas que parecen estacionamientos verticales? Loja y el país merecen obras que sorprendan, que emocionen, que aparezcan en revistas internacionales, que se conviertan en postales, que hagan que un turista diga: —»Tengo que conocer ese edificio.» Y no decepcionarse o burlarse de esa obra.
No hace falta presupuestos infinitos. Hace falta imaginación, y sobre todo voluntad, porque el cemento por sí solo nunca ha construido belleza. La belleza siempre ha sido obra de las personas.
