María Graciela Briceño: una mujer de lucha y de fe

Juan Luna

Hay vidas que no se miden por los años transcurridos, sino por las huellas de amor, trabajo y dignidad que van dejando a su paso. La historia de doña María Graciela Briceño es, ante todo, el testimonio vivo de la mujer quilanguense: firme como la tierra que la vio nacer y noble como el aroma del café que perfumó sus días.

Su madre Irene y sus hermanos: Eudoro (+) Altomira, Ernestina y Jorge hicieron de Quilanga su refugio y su causa. Ella jamás abandonó su terruño, ni siquiera en los momentos en que la adversidad apretaba con más fuerza. Desde esta tierra bendita levantó a su familia con el ejemplo impecable del trabajo honesto. Salía de su pueblo con el único propósito de buscar mercadería para abastecer a su gente, a esos amigos y vecinos que siempre encontraron en ella un trato afable, un saludo cálido y una sonrisa franca.

Madre ejemplar, profesó por sus hijos Magaly, Giovany y Leonor un amor puro, fiel y leal. Para ellos fue escudo, cobijo y motor. Su lucha diaria nunca tuvo pausas; aprendió desde muy joven que el amor de madre se demuestra en la entrega sin condiciones. De ese roble maduro brotaron las ramas que hoy le regalan al cielo el consuelo de 7 nietos, herederos directos de sus virtudes y su fortaleza.

Graciela llevó en sus manos la artesanía de nuestros ancestros y el espíritu emprendedor que transforma realidades. Heredó de su madre el arte de tejer jergas y bolsicos, dominando el uso de la hilandera tradicional para dar forma al hilo con infinita paciencia; trabajó la tierra, apoyó las faenas agrícolas y la producción de nuestro café. Como mujer visionaria e incansable, abrió surco en el comercio local: instaló una panadería y una pequeña tienda que se convirtieron en punto de encuentro, abrigo y conversación para su comunidad.

Quienes tuvimos el privilegio de conocerla damos fe de su forma de ser, siempre con una serenidad única. Ante cada desafío ella respondió con trabajo, fe y dignidad, como cuando apoyó con su alegría y arte a posicionar a Quilanga como un destino de turismo en el 2022, su rostro quedó grabado a nivel nacional.

Hoy, sus hermosas jergas abrigan los hogares de muchísimas familias y visitantes que guardan sus tejidos como verdaderas joyas de nuestra identidad cultural. Su presencia era tan icónica que su rostro quedó plasmado en el letrero de ingreso a Quilanga, recibiendo a propios y extraños con el alma de nuestro pueblo.

Se nos va una mujer extraordinaria, pero su luz no se apaga, sus ocurrencias y charlas llenas de risa se quedan en el corazón de sus hijos, en la mirada de sus nietos, en el tejido noble de sus manos y en la memoria colectiva de un cantón que hoy la despedida con gratitud y lágrimas de respeto.

Descansa en la paz del Creador, aguárdanos un rinconcito en el paraíso, donde el amor no tiene límites y el tiempo es eterno.