UN FUEGO ARDIENTE

P. MILKO RENÉ TORRES ORDÓÑEZ

La vida y misión del profeta puede comprenderse como la respuesta a la invitación de una voz que resuena en su interior. El mensaje que llega, cuestiona, desinstala y compromete a realizar acciones extrañas, propias de la lógica divina. Podemos definir a este fenómeno religioso como una vocación a amar, entregar la vida y servir a la humanidad. Nos encontramos, en la liturgia de este domingo, con algunos personajes cuya obediencia a la voluntad de Dios les trajo escarnio, desilusión, incomprensión y martirio. Destacamos a Jeremías en el Antiguo, a Pedro y a Pablo en el Nuevo Testamento. Jeremías, denominado el “Profeta de las lamentaciones”, habla con pasión de las consecuencias de su quehacer profético.

Emplea un lenguaje cargado de emotividad: “Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir, fuiste más fuerte que yo y me venciste”. Jeremías, en los comienzos de su vocación, mostró resistencia. Con humildad reconoció sus limitaciones humanas en los albores de su juventud. Dice que “por anunciar la Palabra del Señor me he convertido en objeto de oprobio y burla todo el día”. Son expresiones muy fuertes a las que debemos entenderlas como una lucha intensa ante la indiferencia y la pobreza espiritual de su pueblo. Sin embargo, frente a la tentación del desaliento, siente en su interior “un fuego ardiente, encerrado en mis huesos; yo me esforzaba por contenerlo y no podía”.

Dios lo ha llamado y le fortalece con su amor en la dura misión que debe cumplir. Pablo, en el núcleo de la carta a los Romanos, comparte la razón de su vocación. Jesús lo llamó cuando se disponía a confrontar a una naciente comunidad cristiana que vivía en Damasco. Le mostró un camino nuevo. Pablo pasó de la oscuridad a la luz; del odio al amor. Para este Apóstol su “vida es Cristo”. Debía evangelizar con todas sus fuerzas. Por ello, exhorta a sus destinatarios a “que se ofrezcan como una ofrenda viva, santa y agradable a Dios, porque en esto consiste el verdadero culto”. Pablo pide testimonio de vida: “No se dejen transformar por los criterios de este mundo, sino que una nueva manera de pensar los transforme internamente…”.

Estas consideraciones, más que imperativas, constituyen la base para construir, de modo eficaz, una sociedad en la que debe predominar la caridad, la justicia y la paz. Tenemos que discernir, aun en medio de las vicisitudes del mundo, “cuál es la voluntad de Dios, es decir, lo que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto”. El último personaje, Pedro, ha recibido de Jesús una gran misión. Recordemos que Jesús lo constituyó como la piedra sobre la que edificará su Iglesia. Él, nos parece, que debía alcanzar, todavía, un grado más alto de madurez apostólica y espiritual. Pedro debe pensar al modo de Dios, no al de los hombres. No puede interferir en el camino de la cruz, por la cual Jesús entregará su vida para llevarnos a la plenitud de su gloria. Nos compromete a asumir el dolor de su pasión. De esta manera encontraremos sentido a nuestro llamado. La realidad del mundo que nos rodea, entre lo bueno y lo malo, nos exige dar razón de nuestro bautismo.