El valor de la lealtad en el cuento “El loro pelado” de Horacio Quiroga

Luis Antonio Quizhpe

El término lealtad proviene del latín “legalis” que significa “respeto a la ley”. Se entiende, entonces como el carácter de una persona, cosa o animal de ser fiable o como un sentimiento de respeto y fidelidad hacia un sujeto. Se lo usa para identificar a un individuo fiel en sus acciones o comportamiento. Un ser humano leal se caracteriza por ser dedicado, responsable y cumplidor, inclusive cuando las circunstancias son adversas.

Ser leal implica cumplir los compromisos con el otro, no traicionar a nadie ni de palabra, ni de pensamiento, ni de acción; responder a las expectativas que se tiene sobre uno, no hablar mal de nadie, “dar la cara” por quienes han confiado en nosotros y nos han brindado ayuda cuando más necesitábamos. Como reza en Proverbios 3, 29: “No maquines mal alguno contra el amigo que ha puesto en ti su confianza”.

Este valor destaco en el cuento “El loro pelado” del escritor uruguayo Horacio Quiroga. Así pues, una vez el peón de la hacienda, de un tiro bajó a un loro centinela y lo llevó a casa, donde los niños lo curaron porque solo estaba herido un ala; se amansó y fue parte del hogar; le gustaba dar la pata, subirse al hombro de los chicos para hacerlos cosquillas en la oreja. Lo bautizaron de Pedrito y aprendió a decir: ¡Qué lindo día lorito!, ¡Buen día Pedrito!, ¡Rica la papa!, ¡Papa para Pedrito!, ¡Rico, té con leche! A veces repetía frases indebidas.

Una tarde, luego de un temporal de lluvia, Pedrito volaba contento por las orillas del Paraná y como era tan curioso vio al pie de un monte dos verdes luces brillantes que eran los ojos de un tigre, se acercó tanto al animal que de un salto le arrancó las plumas del lomo y de la cola quedando pelado y feo. A duras penas regresó a meterse en un hueco del tronco de un eucalipto donde pasó algún tiempo muerto de frío y de vergüenza, hasta que un día volvió a casa con unas plumas bellísimas.

Como el loro quería resarcir la hospitalidad y el cariño del hogar, al otro día voló a posarse en el hombro del dueño de casa y en dos minutos le contó lo que le había pasado y le invitó a cazar al tigre entre los dos. Hecho el plan fueron al escondite del felino y desde lejos le gritaba: ¡Lindo día!, ¡Rica papa!, ¡Rico té con leche!, ¿Quieres té con leche?  El loro seguía charlando y saltando de rama en rama hasta que al fin dijo: ¡Atención!, ¡Cuidado, va a saltar! Como el hombre tenía listo el cañón de la escopeta, al instante aplastó el gatillo y nueve balines entraron en el corazón del tigre que, lanzando un bramido cayó muerto.

Así el loro, dando gritos de alegría y loco de contento por haberse vengado de quien le dejó sin cola y desplumado, demostró con hechos la fidelidad, el compromiso y hasta la nobleza con el dueño de casa, quien a pesar del inminente peligro confió en el ave y se lanzó a la aventura de matar un tigre que era una acción difícil. Contento con la piel del animal, puso como estufa en la sala del comedor, donde cada día el loro parlanchín pasa burlándose del tigre.