Cuando la huella de cuidar el planeta se vuelve vida

Juan Luna

Quilanga, 1 de septiembre de 2026

Nos encontramos en la cercanía de aquellos fenómenos con los que la naturaleza busca autorregularse, el fenómeno de El Niño, cuyas probables consecuencias han exigido que las autoridades declaren la alerta roja y consideren las acciones de respuesta como una prioridad nacional. Preguntarnos: ¿cómo contribuimos, desde nuestra cotidianidad, al cuidado del entorno?

Permítanme compartir una vivencia personal. Desde muy joven, latía en mi corazón un profundo deseo por proteger la naturaleza. Conocí en su momento iniciativas valiosas promovidas por las autoridades locales, como “Loja, primera ciudad ecológica” o la emblemática campaña “Santa Cruz recicla” en Galápagos. Aunque admiraba ambos esfuerzos, siempre me asaltaba la misma inquietud: ¿qué puedo hacer yo desde mi espacio?, ¿cuándo llegará el momento de cristalizar este anhelo?

El momento oportuno llegó; al fin y al cabo, “el tiempo de Dios es perfecto”. Transcurría el año 2010 cuando, durante tres meses, tuve el honor de liderar una intensa campaña de recolección de envases plásticos en la Unidad Educativa Fiscomisional “San Francisco de Asís” – Loja. Diseñamos una planificación rigurosa que abarcó desde el diagnóstico y los objetivos, hasta la logística, la comunicación, los incentivos, el presupuesto y los indicadores de impacto ambiental.

Toda la comunidad educativa se empoderó del proyecto. Nos unimos con el firme el propósito de recuperar botellas plásticas en calles, parques, canchas deportivas y riberas de ríos. Quedaron grabadas imágenes imborrables en mi memoria. Ver a los estudiantes más pequeños caminando de la mano de los jóvenes de bachillerato, o la de padres de familia recorriendo la ciudad durante los fines de semana y festivos para alcanzar la meta.

Al finalizar la jornada, recolectamos más de una tonelada de plástico. Esta labor no solo nos permitió generar 15 000 dólares de contraparte para la implementación de un moderno laboratorio de inglés —cuyo costo superaba los 40 000 dólares— y lograr el eco de los medios de comunicación locales y nacionales, sino algo infinitamente superior: la certeza colectiva de que otro mundo es posible.

Continué con este compromiso en mi cantón: primero, canjeando botellas por minutos de internet en el cyber de mi hermana; luego, al ver que personas adultas y de buena voluntad se sumaban a juntar envases, comencé a comprárselos directamente —práctica que mantengo hasta el día de hoy— para trasladarlos a REIPA para su acopio y reciclaje.

Entendí con claridad que la defensa de la naturaleza y sus derechos no se ejerce desde la comodidad de un escritorio ni al amparo de una función formal, sino poniendo el pecho, la voz y el honor al servicio de la causa.

Tengo la paz del deber cumplido, que he cuidado aquello que nos pertenece a todos y que, con tanto esfuerzo hemos aprendido a querer y proteger