El tiempo no negocia

Elena Carrión

Hay cosas que pueden esperar. El tiempo, no. Mientras hacemos planes, atendemos pendientes o confiamos en que mañana será un día más conveniente, el tiempo sigue su curso sin pedir permiso. Y quizá una de las mayores contradicciones de la existencia sea esa: actuamos como si dispusiéramos de todo el futuro, aunque nadie sabe cuánto de él le pertenece.

Postergamos con sorprendente facilidad aquello que sabemos que debemos resolver. Una conversación pendiente, una disculpa, una decisión, un proyecto, una llamada. Siempre aparece una justificación razonable: todavía hay tiempo, las circunstancias no son las mejores, después será más sencillo. Así pasan los días y, casi sin advertirlo, lo que parecía una simple postergación termina convirtiéndose en una forma de vivir.

Pero cambiar no siempre exige abandonar lo que somos. En ocasiones significa dejar atrás aquello en lo que nos hemos convertido por miedo, comodidad o resignación. Puede ser reconocer un error, modificar una conducta, cerrar una etapa o volver a intentar aquello que alguna vez dejamos pendiente. Los grandes giros de una vida no siempre comienzan con acontecimientos extraordinarios; muchas veces nacen de una decisión silenciosa que nadie más ve, pero que modifica nuestro rumbo.

Hay una pregunta que merece hacerse sin excusas: ¿qué sabemos que debemos cambiar y seguimos aplazando? La respuesta puede resultar incómoda. Tal vez se trate de una relación que necesita una palabra sincera, de una decisión que hemos evitado, de un sueño abandonado o de una versión de nosotros mismos que ya no queremos seguir sosteniendo.

El pasado ya no puede recibir una nueva oportunidad y el futuro aún no puede ser vivido. Solo queda este instante, que parece pequeño frente a la inmensidad del tiempo, pero contiene algo que ninguno de los otros dos posee: la posibilidad de actuar.

Quizá ahí reside la verdadera urgencia. No en correr detrás de los días ni en vivir con temor a lo que pueda ocurrir, sino en reconocer que cada jornada trae consigo decisiones que no deberían quedar indefinidamente pendientes. Hay momentos en los que reparar una herida, recuperar una cercanía, decir una verdad o comenzar nuevamente deja de ser una posibilidad futura y se convierte en una necesidad presente.

Y quizá, cuando miremos hacia atrás, descubramos algo que hoy no queremos admitir: que no siempre nos faltaron oportunidades, sino determinación; que algunas veces no carecimos de caminos, sino del valor para escoger uno. Hay decisiones que, por demorarlas demasiado, terminan siendo tomadas por las circunstancias.

El reloj seguirá avanzando, indiferente a nuestras dudas, mientras nosotros decidimos qué hacer con cada instante que tenemos. Y algún día, cuando ya no podamos regresar, no será el reloj quien tenga que responder por las horas que pasaron.

La pregunta ya no es cuánto tiempo nos queda, sino qué haremos con el tiempo que la vida nos concede.