Santiago Armijos Valdivieso
Con el arribo apoteósico de la Virgen del Cisne el 20 de agosto de cada año, Loja se enciende de alegría y abre sus brazos para dar la bienvenida a los peregrinos, visitantes y turistas. Sus plazas y calles se tornan más alegres que de costumbre, tanto en el día como en la noche, gracias al entusiasmo contagioso de quienes participan de esta fiesta religiosa, comercial, cultural y turística que se extiende hasta mediados de septiembre.
Sin duda, el Parque Central, en el que se ubica la Iglesia Catedral —aposento temporal e histórico de la venerada imagen—, es el epicentro de la fiesta, porque en él se concentra el fervor espiritual de los visitantes y se despliega la alegría del pueblo mediante quemas de castillos llenos de colores, pólvora y zumbidos, los cuales engalanan y pintan de luces las noches lojanas. Todo esto al son de cantos, tertulias, reuniones familiares y encuentros casuales al aire libre con parientes, amigos y conocidos.
Entre los eventos más atractivos de la fiesta también destaca la Feria de Integración Fronteriza, cuyas instalaciones se ubican en el espacioso Complejo Ferial de Loja, situado frente al Parque Jipiro, en la avenida Salvador Bustamante Celi. En esta multitudinaria cita, el presente se hace pasado y el pasado renace gracias a la voluntad de los lojanos de continuar con la añosa tradición de saborear bocadillos, blanqueados y huevos de faldiquera o faltriquera; de igual forma, es costumbre frecuente la renovación de artículos comercializados desde hace décadas, como las abrigadoras colchas «Tigre«, la versátil y fragante «Timolina«, el dulzón licor «Cinzano» y algún que otro mueble o artefacto de provecho familiar.
Asimismo, con la sucesión de los años y la creciente exigencia de los asistentes, la Feria ha expandido sus atractivos a conciertos musicales de gran envergadura, protagonizados por reconocidos artistas de varios géneros, con los cuales la alegría y el olvido de las penas alcanzan a grandes y chicos. Asistir a estos encuentros de euforia colectiva con los amigos resulta una maravilla, porque además de sumar alegrías y amistad, se renueva la identificación con la tradición y el júbilo de esta querida tierra del sur ecuatoriano.
Por supuesto, si los visitantes deciden tener experiencias más allá de los eventos tradicionales, tienen la posibilidad de simplemente recorrer las plazas y calles del casco céntrico de Loja, el cual, al haber sido regenerado, ordenado y adecentado, resulta una delicia caminarlo, recorrerlo, sentirlo y fotografiarlo. A cada paso habrá siempre acogedores y pintorescos locales para saborear café de altura y calidad junto a exquisitos tamales, quimbolitos, humas y tigrillos. Además, está a la orden en cada cuadra una gran variedad de restaurantes de comida típica para saborear cecina, repe, arvejas con guineo, chicharrón con mote, fritada bañada con ají de pepa o yuca revuelta con huevo y perfumada con culantro y otras hierbitas. Por supuesto, hay numerosas panaderías que ofrecen especiales delicias lojanas como bollos, quesadillas, pan de suelo, paspas, tortas, roscones, roscas y empanadas horneadas de queso o de manjar; aunque si se prefiere comida internacional, también existen restaurantes que ofertan comida japonesa, italiana, alemana, peruana, china, estadounidense, francesa, etc. En definitiva, Loja ofrece de todo, pues goza de las ventajas de las ciudades pequeñas y las comodidades de las ciudades algo más grandes.
Por otro lado, en la noche, cuando se encienden las pasiones y se abren las venas de la bohemia, Loja brinda acogedores bares con espectáculos musicales que no dejan indiferente a nadie. Allí se acarician los pianos, se rasgan las guitarras, se seduce a los micrófonos y se descorcha alegría, horchatas con piquete (Cantaclaro) y barriles de hospitalidad.
Si la energía, el entusiasmo y los días aún alcanzan, no hay que dejar de ir a alimentar el espíritu con algún espectáculo cultural en los teatros Benjamín Carrión o Bolívar. Tampoco se debe olvidar conocer el Museo de las Madres Concepcionistas, el Museo de la Música, el Museo de la Cultura Lojana y las salas de exposición de la Casa de la Cultura, Núcleo de Loja.
Además, siempre será refrescante que los pulmones se bañen de oxígeno más puro y bienhechor; para hacerlo, Loja permite visitar el Parque Eólico Villonaco o caminar por los preciosos senderos de los parques Jipiro y Lineal del Sur. Seguramente, quienes lo hagan experimentarán una sensación sencilla y sanadora que perdurará en la memoria.
Por todo ello y con el calor acogedor de los lojanos, la invitación de Loja a sus fiestas está más vigente que nunca y ojalá sea atendida por una gran cantidad de hermanos visitantes, quienes, no se arrepentirán de enamorarse de este especial rincón del mundo.
