La literatura como experiencia vicaria

Galo Guerrero-Jiménez

Uno de los grandes especialistas en inteligencia artificial, el argentino Fredi Vivas, en su libro, Generación IA. La potencia de la alianza humana con la inteligencia artificial (2026), sostiene que la ciencia ficción era para él mucho más que una forma de entretenerse durante las eternas tardes de verano, cuando era niño; pues, esta disciplina, señala, es mucho más que un consumo cultural; le dio la oportunidad para, luego, dedicarse por entero al estudio de la tecnología y, en especial, a la inteligencia artificial. Hoy sostiene que “las inteligencias artificiales que diseñamos están alcanzando un nivel de sofisticación que nos obliga a replantearnos muchas ideas que dábamos por sentadas. Nos acompañan en nuestros trabajos, nos ayudan a tomar decisiones, y hasta crean contenido con una calidad que desdibuja los límites entre lo humano y lo sintético”, según su visión personal, profesional y vicaria desde el disfrute de la ciencia ficción.

Es muy interesante el dato de sostener que la ciencia ficción, es decir,  cómo a través de esta disciplina literaria, Vivas llegó a consagrarse como uno de los grandes investigadores sobre la inteligencia artificial, lo cual confirma que la literatura como entretenimiento estético, cognitivo y como exploración hacia la curiosidad incita a la imaginación, a la creatividad y a potenciar experiencias vicarias que desde el disfrute de la lectura, le abren perspectivas hermenéuticas y visionarias a través de un forma de gozo lector, en la que, como anuncia Daniel Goldin (2021), la literatura no solo es una forma de acercarse a las altas cumbres del espíritu, sino a vivir vicariamente vidas y emociones ajenas para acercarse a las propias y enfrentar dilemas vitales para educarse y construir nuevas visiones en una sociedad democrática.

En este orden, la lectura, no solo en el campo de la ciencia ficción, sino desde cualquier otro planteamiento temático, como señala María Eugenia Dubois (2001), no aparece para ser un proceso a ser explicado, como sucede en el salón de clases, sino para ser vivido, de manera que el lector, niño o joven, incluso adulto, pueda desarrollar libremente su sensibilidad estética, social, lógica y cognoscitiva desde la impresión que le pueda causar la obra leída y según la incitación de sus sentidos que siempre estarán atentos a la vibración de las palabras y a lo que ellas le puedan evocar, según la complacencia con la que experimente su gozo y concentración, e incluso, hasta la experimentación de la contemplación ontológica de su experiencia lectora, narrativa o poéticamente asumida desde la atención más sentida metafísica y/o filosófica del lenguaje, mientras camina mentalmente experimentando su complacencia lectora.

Otro caso espléndido de experiencia lectora desde el orden vicario es el que expone el escritor manabita Dalton Osorno en su reciente novela Caecus (2026): “Hay lecturas placenteras que han marcado mi vida, siempre buscadas a media luz, como evoca el tango. Son libros amados con devoción diaria, pilares que sostienen mi existencia a través de la majestad, la belleza, la soledad, el silencio y el saber. En ellos encuentro mi complemento”. Pues, el protagonista de esta novela actúa vicariamente en su condición de ciego, porque eso significa Caecus, tal como en otro pasaje sostiene, desde las múltiples metáforas epistemológicas y estéticas que Dalton Osorno crea hermenéuticamente: “Solo mi abuelo querido miraba e interpretaba el mundo como yo. Ellos no ven lo que yo descubro desde esta ventanilla maravillosa y maltrecha que dejó abierta aquel torpe arrancador de ojos, por donde aún entra la claridad que me permite descifrar el mundo y las cosas”, con la más plena satisfacción de narrarse a sí mismo desde su memoria y accionar biográfico, vivido desde su visión interior con el esplendor de la vida.