Diego Lara León
Convencerse de que nada puede cambiar, es una manera silenciosa de renunciar al futuro. Frente a esa resignación, las utopías cumplen una función indispensable, el recordarnos que la realidad también puede ser el punto de partida de algo mejor.
Una utopía es la imagen de una sociedad deseable que todavía no existe y que quizá nunca lleguemos a construir plenamente. Sin embargo, buena parte de nuestras decisiones adquiere sentido precisamente porque existe una aspiración que supera las condiciones del presente. Nadie mejora una casa, una empresa o una comunidad si primero no imagina una posibilidad diferente.
Las utopías son buenas porque elevan la calidad de nuestras preguntas. Una organización acostumbrada a sobrevivir pregunta cuánto debe vender para terminar el mes. Una organización con visión también pregunta qué problema puede resolver, qué oportunidades puede abrir y qué legado quiere dejar.
También las utopías tienen un valor profundamente humano, permiten que el dolor ajeno deje de parecernos normal. Cuando imaginamos una sociedad sin hambre, empezamos a mirar de otra manera los alimentos desperdiciados. Cuando aspiramos a oportunidades más justas, advertimos las barreras que enfrenta quien nace lejos de los servicios básicos. El ideal transforma nuestra sensibilidad y puede convertirse en una responsabilidad compartida.
Por supuesto, las utopías necesitan límites éticos. Un proyecto que promete felicidad colectiva mientras silencia preguntas, persigue discrepancias o exige sacrificar personas pierde su legitimidad. Ningún futuro maravilloso justifica atropellar la dignidad presente. Las aspiraciones saludables admiten discusión, reconocen errores y aceptan correcciones. Su grandeza se mide también por los medios que utilizan para acercarse a sus objetivos.
Eduardo Galeano dictaba una conferencia en una universidad en Colombia, un estudiante le pidió le responda: ¿para qué sirven las utopías?, si el cada vez que sueña con una, esta parece alejarse varios pasos. “Justamente para eso sirven las utopías” dijo Galeano, “las utopías te hacen avanzar”, “el seguirlas ya es caminar hacia ellas”.
Por eso conviene conservar alguna utopía y ponerla a trabajar. Darle una primera tarea, un plazo y una decisión cotidiana. El futuro mejora cuando alguien se atreve a imaginarlo y acepta la disciplina de construirlo. Tal vez nunca alcancemos la sociedad soñada. Pero cada paso responsable hacia ella puede evitar que terminemos aceptando, por cansancio o costumbre, una realidad inferior a nuestras posibilidades.
@dflara
