La palabra en la realidad y en la posibilidad humana y tecnológica

Galo Guerrero-Jiménez

La palabra es parte de la divinidad, de la humanidad y de la naturaleza en general que siempre nos habla a través de los nichos ecológicos que contextual, cultural, social y educativamente cada comunidad construye para trazar su convivir existencial conformando lenguajes familiares, artísticos, científicos, emotivos, literarios, filosóficos, religiosos, comunicacionales y comunitarios para entenderse y procurar el desarrollo personal y social desde el más alto nivel axiológico, estético, lingüístico y cognitivo que su accionar humano le permita aún, sabiendo que, como señala Emilio Lledó (2022), vivir es estar no solo en la realidad, sino en la posibilidad. Nuestro mundo es real porque es posible, porque todavía cabe esperar, a pesar de las contradicciones entre los deseos y la verdad y humanidad de lo que deseamos, ese horizonte del todavía está siempre abierto a las perspectivas éticas que pueda brindarnos filosófica, literaria y educativamente cada comunidad que hoy sobrevive en medio del caos y de un accionar tecnológico en que la inteligencia artificial está transformando de manera radial nuestra conducta humana.

Toda esta realidad del convivir humano, por lo tanto, permanentemente estructura palabras, lenguajes, signos, ritos y simbologías de diversa índole generacional dentro de un accionar personal y comunitario con infinidad de micro-acciones que conforman emporios educativos, artísticos, literarios, filosóficos y de investigación hasta llegar a conformar sistemas independientes, autónomos y con diversidad de ideales, tal como sucede con las ciencias que, en su permanente búsqueda de objetividad, tal como lo enfatiza José Antonio Marina (1999), se han apartado inmisericordemente del reino de la vida, de las actividades e intereses que las hicieron nacer. Con esto, la ciencia lo que ha hecho es ganar perfección técnica, pero ha perdido su sentido humano y humanista, tal como está sucediendo con la tecnociencia en el ámbito de la inteligencia artificial; pues, en los últimos años, advierte Fredi Vivas (2026), cada avance tecnológico parece resumirse en esas herramientas generativas, como si la IA fuera sinónimo de un único chatbot conversacional; o, porque, la conversación pública está dominada por el miedo, por escenarios distópicos, por el temor a perder el trabajo, por usos malintencionados pensando en que todo podría salir mal, con lo cual, la pregunta fatal sería ¿Qué pasa si esto se descontrola?

Así sucede con la novela distópica de Ray Bradbury, Fahrenheit 451, en donde el condimento humano se va perdiendo paulatinamente porque ya nadie lee ni estudia ni puede conversar con la sabrosura que eso implica entre seres que se encuentran presencialmente para disfrutar de ese lenguajear en el plano de la convivencia familiar y de las amistades más sentidas. Pues, la humanidad pasa encerrada en sus casas compartiendo solo con la tecnología, entretenida “con algún juego, o en una sala donde no es posible discutir con el televisor de cuatro paredes. ¿Por qué? El televisor es real. Es algo inmediato, tiene dimensiones. Le dice a uno lo que debe pensar y de un modo contundente. Ha de tener razón. Parece tener razón. Lo arrastra a uno con tanta rapidez a sus propias conclusiones que no hay tiempo de protestar, o decir: ‘qué tontería!’.  -Solo la ‘familia’ es ‘gente’” (2025).

En efecto, solo la familia es gente, porque el resto son pantallas en las cuatro paredes de los edificios. El personaje de la novela, al verse en esta triste realidad piensa en los libros que un día existieron, pues todos fueron quemados. Por primera vez comprende que detrás de cada libro hubo una persona que tuvo que pensarlo para escribirlo a través de un conjunto de palabras plenamente humanas, no con IA.