P. MILKO RENÉ TORRES ORDÓÑEZ
Hemos entrado en el mes de octubre, tan místico y misionero como la presencia de Dios en nuestra historia y tan lleno de misericordia como el corazón de Jesús. Tomamos, como punto de encuentro para nuestra reflexión, uno de los versos más profundos de Santa Teresa de Jesús: “Sólo Dios basta…”. En el desarrollo de la Historia de la Salvación, Israel, el pueblo escogido por Dios, y la Iglesia, que camina de la mano de Jesucristo, encontramos el principio y el fin de cuanto existe. La voz de los profetas resuena, con suma actualidad, en los confines de la tierra.
Dios habla y actúa desde siempre. La lectura progresiva de Isaías remueve los cimientos de nuestra memoria con la finalidad de despertar la fe, muchas veces dormida e ignorada. La comida, una dimensión antropológica indispensable en cualquier entorno socio cultural, aparece en las páginas de la Biblia como una invitación a disfrutar de los contrastes que tiene la vida. Dios celebra los acontecimientos que marcan la Historia de Israel. Me permito citar una referencia muy significativa: “El Señor del universo preparará sobre este monte un festín con platillos suculentos para todos los pueblos, un banquete con vinos exquisitos y manjares sustanciosos”.
El mensaje profético contiene un claro mensaje subliminal. Emplea verbos como: arrancar, destruir, enjugar, borrar. Por medio de ellos, Dios va a devolver la esperanza a su pueblo que vive entre infidelidades, y alianzas fallidas con naciones vecinas. Dios quiere manifestar la grandeza de su nombre porque “su mano reposará” para brindarles cercanía y confianza. Él es su único guía y Pastor. El autor del Salmo 22 recoge el sentimiento de Israel que vive del alimento de su palabra: “Habitaré en la casa del Señor toda la vida”, porque tiene un corazón paternal: “Tú mismo me preparas la mesa, a despecho de mis adversarios; me unges la cabeza con perfume y llenas mi copa hasta los bordes”.
La alegría de vivir brota de las palabras de Pablo al final de la carta a los Filipenses. El Apóstol agradece la generosidad de los cristianos que entienden su situación. Pablo, preso y condenado a muerte, entiende que cada gesto de cercanía fortalece la misión en la Iglesia: “Todo lo puedo en Aquel que me conforta”. Cristo, la razón de su vida, cambió sus proyectos humanos. El Evangelio que predica fortalece su patrimonio espiritual. Jesús, en la fecundidad de su misión, cuenta, en la versión de San Mateo, la importancia de entender el Reino de Dios. En un contexto celebrativo, habla en parábolas a los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo de la necesidad de responder con coherencia a la invitación a un banquete. El Rey quiere que todos acudan a su llamado.
El rechazo de muchos, signo evidente de indiferencia y rebeldía, echa por tierra cualquier buen propósito. Dios envió a su Hijo, el más Amado, para que viva entre nosotros. Sin embargo, dice San Juan en su prólogo, que el mundo no lo recibió. Prefirió vivir bajo el manto de la oscuridad. Somos, en la Iglesia, discípulos y misioneros y, por lo tanto, enviados a anunciar la invitación al banquete de la Eucaristía, gracia, vida, plenitud.
