Los grandes modelos de lenguaje en la sociedad del rendimiento

Galo Guerrero-Jiménez

En el mundo de la inmediatez y en la era de la dispersión digital que hoy nos domina, el hecho de aprender a estudiar y a trabajar con la mayor concentración mental requiere de mucha voluntad personal y disciplina para concentrarse intencionadamente con los grandes modelos de lenguaje y poder discernir acerca de los retos intelectuales que toda persona, indistintamente de su condición social, educativa, cultural y económica, necesita asumir para vivir comunitariamente con el conocimiento adecuado y la sabiduría que su experiencia le demande para comprender a profundidad la realidad en la que ecológica y ontológicamente pueda orientar su existencia, comprendiendo el sentido de su actuar desde el reconocimiento de su conducta axiológica para mantener una disposición mental, armónica y de una perspectiva hermenéutica que le permita acercarse a los principios fundamentales de la realidad, de manera que su accionar pragmático esté en condiciones de examinar crítica, reflexiva y argumentadamente su propia vida y la de la comunidad a la cual pertenece.

En este orden, cuando se trata de estudiar para alcanzar un título académico o para emprender en una tarea de investigación científica, social, laboral, o de la índole que sea, se necesita, al menos, tener una disposición cognitiva y lingüística para comprender, interpretar, discernir, dialogar y reflexionar ontológicamente sobre el ser de las cosas o de los hechos con los cuales voy a responder ante la vida para un vivir auténtico frente a la realidad en la cual me desenvuelvo. Así, por ejemplo, prepararme bien intelectualmente es el primer condimento, quizá metafísico, es decir, cómo aprendo desde el estudio de un texto, desde la escucha, desde el diálogo o desde la escritura de un enunciado para comunicarme con el prójimo, que es de mucha valía para el proyecto de vida en el cual estoy trabajando o estudiando.

Desde esta postura intelectual debo acercarme a los grandes modelos de lenguaje que son los que me orientarán para robustecer mi condición humanística, sabiendo que, o teniendo conciencia de que, en esta era de la dispersión digital,  como señala Byung-Chul Han (2025), la sociedad de nuestro siglo XXI ya no es la sociedad disciplinaria, sino una sociedad del rendimiento  en la que el sujeto se ve forzado a aportar rendimiento con la inmediatez que las circunstancias le demandan, con lo cual, el exceso de trabajo y de rendimiento se intensifica hasta convertirse en autoexplotación, pero el interviniente cree que es mucho más eficaz que la explotación externa, porque conlleva una sensación de libertad, la cual, por supuesto, es aparente y relajadamente muy positiva, dada la aparente felicidad estética en el uso de las tecnologías.

De ahí que, para evitar esta inmediatez tecnológica del rendimiento desmedido, inhumano, debo buscar espacios de complacencia personal a como dé lugar, localizando estos modelos de lenguaje que, por lo regular, lo narrativizan los grandes escritores, científicos, investigadores, académicos, artistas y maestros en todos los niveles del conocimiento, a través de una buena lectura en la que debo estar dispuesto para adentrarme en esa realidad textual, sabiendo que, “hay que leer despacio, profundamente, en detalle, con cuidado, con doble intención, con buena predisposición, con ojos y dedos delicados… La buena lectura tiene que ser una lectura atenta, y para prestar atención es necesaria la lentitud” (Mèlich, 2020) para comprender lo que leo, lo que el texto dice, lo que me revela ontológica y metafísicamente, es decir, para interrogarme y reflexionar sobre el sentido y los fundamentos de la existencia hasta lograr una sabiduría en cuanto es posible transformar, a partir del texto leído, mi manera de situarme ante la realidad.