Elena Carrión
Hay frases que terminan convirtiéndose en excusas para no cambiar. “Es que yo soy así” es una de ellas. Bajo esa afirmación se amparan reacciones impulsivas, palabras hirientes y comportamientos que se repiten sin considerar el daño que pueden causar.
La expresión “genio y figura hasta la sepultura” parece sentenciar que nadie puede apartarse de aquello que siempre ha sido. Sin embargo, confundir la personalidad con los defectos significa renunciar a una de las capacidades más valiosas del ser humano: aprender a ser diferente cuando la razón demuestra que es necesario.
El raciocinio permite cuestionar las propias convicciones; la voluntad, llevar esa reflexión a la práctica. Comprender que una conducta es equivocada no basta si se carece de la decisión para corregirla. De poco sirve reconocer el daño causado cuando el orgullo pesa más que la disposición a reparar.
En ocasiones, la firmeza se convierte en terquedad, la sinceridad en una licencia para ofender y el carácter en una barrera que impide escuchar. Quienes reclaman respeto, pero no lo ofrecen, olvidan que las relaciones humanas no se sostienen únicamente en lo que cada persona exige, sino también en lo que está dispuesta a dar.
La formación comienza en la infancia, con el ejemplo, los límites y los valores que orientan las primeras decisiones. De ahí la importancia de enseñar a pensar antes de actuar, escuchar sin despreciar otras opiniones y asumir las consecuencias de los propios actos. Pero crecer no es una tarea que termina al llegar a la edad adulta: siempre existe la posibilidad de revisar aquello que se aprendió y rectificar lo que ya no debería repetirse.
Una sociedad que justifica cada falta con un “así ha sido siempre” termina convirtiendo la costumbre en permiso y la tolerancia en indiferencia. Aceptar a las personas no significa aprobar todas sus conductas; también implica esperar de ellas la madurez necesaria para reconocer cuándo se equivocan.
La naturaleza demuestra que de plantas espinosas también pueden brotar flores. En la vida humana, las asperezas tampoco tienen por qué ser permanentes. El cambio exige humildad para admitir las propias limitaciones, perseverancia para vencer hábitos arraigados y voluntad para demostrar, con hechos, que es posible actuar de otra manera.
Amigo lector, el cambio que se reclama a la sociedad no puede quedarse en una exigencia dirigida a los demás. Empieza en la manera de hablar, en el respeto con que se escucha, en la capacidad de pedir disculpas y en la decisión de no repetir aquello que se sabe perjudicial. Cada persona tiene la posibilidad de mejorar el espacio que comparte con los demás, no con grandes discursos, sino con acciones cotidianas.
La verdadera cuestión no es si alguien será siempre el mismo, sino qué decide hacer con aquello que puede cambiar. Porque el carácter también se demuestra cuando se tiene la valentía de corregirse
