Rafael Riofrío
Caminar por las plazas de nuestras ciudades es un ejercicio de memoria viva. Sin embargo, en nuestro andar cotidiano es doloroso atestiguar cómo la belleza de los monumentos históricos se erosiona bajo una capa constante de suciedad. En la ciudad de Loja, el problema principal de las heces de las aves lo soportan trágicamente las plazas de San Francisco, Santo Domingo y San Sebastián. El hábito de alimentar a las palomas, impulsado por la ternura genuina de niños y adultos, ha degenerado en un problema grave de sobrepoblación que, a más de afectar la higiene pública, irremediablemente destruye la piedra y las fachadas que nos definen como comunidad.
Como buenos ciudadanos reflexionemos que el cuidado y la preservación de nuestro patrimonio, no es un mero lujo estético, sino el reflejo del respeto hacia nuestra propia historia. Las heces de aves no son solo basura visual; son compuestas químicamente corrosivas que degradan las fachadas coloniales y las estatuas centenarias. Ante esta realidad, es una ceguera atribuir la culpa únicamente al animal o demonizar el afecto ciudadano. El verdadero meollo reside en la falta de conciencia compartida y en la inacción o desorganización de las administraciones locales.
Las experiencias internacionales demuestran que prohibir por prohibir resulta inútil si no existen estrategias éticas e inteligentes. En Europa, la combinación de palomares ecológicos, pienso anticonceptivo y regulación estricta demuestra que la salud pública y el respeto a la fauna no son incompatibles. Las majestuosas explanadas de la Plaza Roja en Moscú, La Plaza Mayor en Madrid o la Plaza Vieja en la Habana nos recuerdan que la clave radica en el equilibrio entre normas de saneamiento urbano rigurosas sin necesidad de caer en la penalización desmedida, priorizando siempre la preservación monumental.
Nuestros gobiernos municipales deben asumir el lavado constante y eficiente del piso de las plazas, el manejo ético de la fauna urbana y el mantenimiento técnico de la infraestructura; sin embargo, la administración no puede actuar sola. Estas tareas también requieren de nuestro compromiso imperativo que exige disminuir y controlar el arrojo desmedido de maíz al suelo, un gesto aparentemente inofensivo que multiplica un daño irreversible. Así, los ciudadanos locales y visitantes cultivaremos una convivencia responsable y consciente con la fauna de la ciudad, entendiendo que amar y cuidar el patrimonio es un deber que nos corresponde a todos.
