Galo Guerrero-Jiménez
Desde la experiencia docente y casi en todos los niveles de la educación, el proceso lector de un texto, por lo regular se lo trabaja con los estudiantes desde el ámbito de la decodificación para que el lector indique qué es lo que dice el texto y, a partir de ahí, realice una tarea determinada que dé fe de que el texto, en efecto, ha sido comprendido, con lo cual este proceso casi para la mayoría de estudiantes se vuelve tedioso; y, si se quiere avanzar un poco más, desde el ámbito de la cognición se le solicita que interprete ese texto leído, con lo cual el docente quiere demostrar de que es necesario avanzar a una posición crítica, opinando, escribiendo, juzgando, argumentando y quizá elaborando cuadros, diagramas y otros elementos estéticos que demuestren que este proceso lector es eficiente porque el alumno puede opinar crítica e inferencialmente.
Sin embargo, en la realidad educativa, si no se ha logrado que la lectura, antes que decodificadora, sea potenciadora de un acercamiento ontológico y metafísico que lo traslade al lector a una experiencia vicaria desde la translectura, es decir, encaminándolo para que no se centre solo en lo que el texto dice literalmente, sino qué es lo que ese texto leído hace con él cognitiva, lingüística, estética y axiológicamente, y desde esta posición intelectual, cómo el lector lo cruza al texto ontológica y metafísicamente con su experiencia de vida, de manera intertextual, cuando, por ejemplo, el texto leído le recuerda pasajes de su vida o de alguna otra persona con la cual pudieron compartir algún asunto de esa obra leída o en proceso lector mientras se avanza en ese recorrido de lenguaje pensando, comparando, incluso de manera transgresora cuando el lector no acepta a ciegas el contenido de esa realidad textual, sino que la discute, la analiza, la cuestiona, la reflexiona con su profesor, con sus compañeros o con algún familiar que esté en condiciones de ser su mentor o su amistad más sentida para compartir esas lecturas, de manera que pueda construir nuevas relaciones de significado y ampliar la comprensión de la realidad.
Así le sucede al personaje protagónico de la novela Hasta que empieza a brillar, de Andrés Neuman, cuando “una tarde cualquiera, sola en casa, mientras hojeaba a una joven novelista, se detuvo para hacer una consulta. Abrió el Diccionario de la Real Academia, localizó el vocablo, comprobó que ninguna de las definiciones la convencía. Y casi sin pensarlo, las enmendó a su gusto con un lápiz. Repasó en voz alta el resultado. Asintió satisfecha. Y cerró el sólido volumen” (2025). En este caso, la protagonista relacionó el vocablo consultado con la realidad suya, es decir, con su conocimiento y con su experiencia lingüística, y por eso, al no encontrar la definición que ella pensaba encontrar en el diccionario, se dio el lujo de enmendar con su puño y letra, la definición que ella creía pertinente.
Este ejemplo de translectura es tan vital porque el lector profundamente concentrado en lo que lee, asume una posición transgresora, en otros casos, transfiguradora u ontológica cuando se pregunta por qué esa actitud que asume un personaje determinado en una ficción literaria, filosófica, teológica, social, cultural, e incluso científica, cuando el lector reflexiona sobre el sufrimiento, la crueldad humana, la exclusión, la migración, la transformación social o la felicidad y el amor expuesto, descrito, narrado, teatralizado, poetizado o argumentado metafísica o científicamente en un texto de investigación, académico o ensayístico, en donde el lector relaciona sus juicios y desarrolla criterios hermenéuticos para comprender determinadas situaciones personales, de estudio o de sus experiencias de vida, de ser y de existir.
