Luis Carrión Mora
La historia del café en Loja no se cuenta desde sus cosechas y su comercialización. También vive en la memoria de quienes conocieron los cafetales, compartieron el trabajo del campo y fueron testigos de una época en la que el café representaba sustento, esfuerzo y prosperidad para numerosas familias de la provincia.
Quienes sobrepasamos los ochenta años y nos acercamos a los noventa solemos reunirnos en el parque central para conversar sobre distintos temas de actualidad. Entre ellos, Loja Sabor a Café ocupa un lugar especial. En uno de estos encuentros surgió la oportunidad de compartir un criterio basado en la experiencia personal y en los recuerdos de una tradición que marcó profundamente la vida provincial.
Durante las décadas de los cuarenta, cincuenta y sesenta, las casas campesinas tenían a su alrededor cafetales arábigos que, al finalizar septiembre, florecían y se extendían como inmensas sábanas. Aquella floración despertaba la esperanza de las familias, que expresaban con alegría: «Vamos a tener buena cosecha».
Los meses de mayo, junio y julio estaban dedicados a la cosecha. Los propietarios contrataban trabajadores y preparaban los tendales, espacios amplios donde se secaba el grano. Después, con el trabajo de hombres fornidos, el café se pilaba, se ensacaba y quedaba listo para su comercialización. Era una actividad que convocaba a numerosas personas y sostenía la economía de los hogares.
En aquel tiempo, las seis parroquias del cantón Paltas —La Tingue, Olmedo, Chaguarpamba, Buena Vista, Santa Rufina y Orianga— aprovechaban las noches de luna para transportar el café en grandes caravanas de mulares hacia Piñas o Portovelo. Cientos de quintales llegaban hasta el puente de Pindo y, posteriormente, los comerciantes se ubicaban cada cien metros hasta el Puente Negro, donde ofrecían buen precio y peso justo. Este movimiento comercial se repetía todos los sábados.
La bonanza alcanzó cifras importantes. El precio llegó a dos mil y dos mil quinientos sucres, y en el puerto principal alcanzaba los tres mil. La escasez de café influyó en aquellos valores, durante el período presidencial del doctor Galo Plaza, entre 1948 y 1952. Los caficultores compraban más fincas y, según recuerda este testimonio, el trabajo era constante y no había gente desocupada.
La cosecha también exigía cuidado. Un grupo de mujeres seleccionaba únicamente el café maduro, de color cereza, que se secaba por separado y se guardaba en un granero para el consumo familiar. Los caficultores, por su parte, acostumbraban guardar su dinero en una alforja colocada debajo de la montura. Los viajes se realizaban en grupo como medida de protección.
En 1953 llegó el primer vehículo y una piladora que facilitó el proceso y la comercialización. Las plazas de los cantones y sus parroquias se llenaban de café, con miles de sacos y quintales preparados para el transporte hacia Puerto Bolívar y, posteriormente, Guayaquil. Los grandes capitalistas enviaban compradores a Puyango y sus parroquias, entre ellas Mercadillo, Vicentino y Ciano Alto, así como a Celica, Pózul, Pindal, Macará, Sabiango, Sozoranga, Gonzanamá, Quilanga, Saraguro y La Papaya.
Sin embargo, aquella bonanza terminó cuando la “roya” acabó con los cafetales y fue necesario comenzar nuevamente con la siembra en climas apropiados. La experiencia también permite comprender que la calidad y el proceso de elaboración influyen en el valor comercial. No es lo mismo vender un quintal a 250 dólares que uno a 4.000 dólares. El café lavado requiere redoblar esfuerzos: cosechar únicamente el cerezo, despulparlo, secarlo y ensacarlo antes de enviarlo a Guayaquil y luego a otros continentes.
¿Qué hacer para volver a la edad de oro del café? La pregunta sigue abierta y conserva su importancia. Todavía existe la esperanza de recuperar aquellos momentos mediante iniciativas que impulsen la producción y fortalezcan el trabajo de los caficultores.
En este sentido, la iniciativa de la Prefectura de realizar eventos relacionados con el café es digna de aplaudir. Asimismo, se destaca el reconocimiento alcanzado por Gonzalo Xavier Flores Paladines, hijo de Chaguarpamba, quien se hizo acreedor al primer premio de la Taza Dorada.
A lo largo de la provincia existen sectores con proyectos ambiciosos para la siembra de café. Para fortalecer estas iniciativas, se considera necesaria la presencia de BanEcuador, con asesoramiento financiero y técnico que contribuya al desarrollo de los productores.
Recuperar la tradición cafetera exige valorar la memoria, acompañar a quienes trabajan la tierra y abrir nuevas oportunidades para las generaciones futuras. Loja tiene una historia que merece ser contada y un café cuyo potencial puede seguir creciendo. Como expresa este testimonio, la esperanza permanece: que Loja continúe ocupando el sitial bien merecido en la historia cafetera del Ecuador y el mundo.
