Más allá de la ley

P. MILKO RENÉ TORRES ORDÓÑEZ

Después de varias reflexiones de los profetas, la liturgia dominical nos pone en contacto con uno de los textos que marca el camino de una historia de amor entre Dios y su pueblo. Nos referimos al Éxodo, el segundo libro del Pentateuco. Dios llamó a un hombre llamado Moisés para que cumpla la misión de liberar a Israel de la esclavitud de Egipto. Los israelitas peregrinan por el desierto hacia una tierra prometida, que mana leche y miel.  En este lugar inhóspito, lleno de misterio y de peligros, suceden muchas cosas. Dios demuestra su amor, al margen de la infidelidad de su pueblo, lo alimenta, lo cuida y celebra una Alianza. Moisés, el gran líder y legislador, ordena y organiza las etapas de su desarrollo.

Las leyes que rigen la convivencia de este conglomerado humano tienen como objetivo garantizar las relaciones humanas, fraternales y fundamentadas en reconocer la existencia de un solo Dios. Moisés es consciente que los israelitas son seres humanos, susceptibles de cometer errores y querer desviarse del camino. Por ello, les exhorta a vivir como hermanos. En ellos debe prevalecer la armonía, el derecho y la justicia: “No hagas sufrir al extranjero, porque ustedes fueron extranjeros en Egipto. No explotes a las viudas ni a los huérfanos…”. Nos encontramos con un abanico de normas en las que debe florecer el amor entre todos. El eco de las experiencias vividas en el desierto las recoge magistralmente el autor del Salmo 17. Nos deleitamos con la riqueza de la poesía hebrea.

El salmista canta un himno de amor al Dios Altísimo: “Yo te amo, Señor, tú eres mi fuerza, el Dios que me protege y me libera…”. En Él encuentra seguridad, salvación y plenitud: “Tú eres mi refugio, mi salvación, mi escudo, mi castillo…”. Bendice su santo nombre. Reconoce su providencia admirable: “Bendito seas, Señor, que me proteges, que tú, mi salvador, seas bendecido…”. El Dios, Único, Señor de la historia, nos reveló su amor en su Hijo, nuestro Señor Jesucristo. San Pablo, en los versículos iniciales de la primera carta a los Tesalonicenses, recrea sus vivencias pastorales con esta noble comunidad. Les escribe con un lenguaje muy directo y sencillo, con las palabras que demuestran alegría, gratitud y testimonio: “En medio de muchas tribulaciones y con la alegría que da el Espíritu Santo, han aceptado la palabra de Dios en tal forma, que han llegado a ser ejemplo para los creyentes de Macedonia y Acaya, porque de ustedes partió y se ha difundido la Palabra de Dios”.

Ellos son quienes, en primera instancia, esperan la venida del Hijo de Dios. Jesús, el centro de nuestra historia, reafirma, con poder y autoridad, la fuerza del mandamiento del amor universal. Ante otro cuestionamiento insidioso de parte de los fariseos y saduceos, en torno al conocimiento y cumplimiento de la Ley, Jesús responde y deja cimentada la naturaleza del verdadero amor: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y toda tu mente…y a tu prójimo como a ti mismo”. Jesús, ama la ley con todas sus implicaciones, pero reafirma su entrega absoluta para que vivamos en el corazón de Dios Amor.