Santiago Armijos Valdivieso
El voto no es otra cosa que la más noble y generosa manifestación de compromiso cívico con la democracia de la patria a la que se pertenece, mediante la cual el ciudadano se hace corresponsable del destino de la nación.
Ejercer el voto no es cuestión de despacharlo apresuradamente, como quien responde a una simple encuesta de marketing político, con el único fin de obtener un certificado y librarse del pago de una multa.
Por ello, vale la pena analizar y asimilar, una y otra vez, el verdadero significado del voto desde su concepción más honda, en la que deberían imperar la responsabilidad, la identificación con los intereses colectivos y, por supuesto, la honestidad cívica con el país.
Ya lo advertía John Stuart Mill en sus Consideraciones sobre el gobierno representativo (1861) al sostener que el elector no puede disponer de su voto a capricho, pues «está obligado a darlo según su opinión más sincera y meditada sobre el bien público». No se trata, entonces, de un simple derecho que se ejerce o se abandona a conveniencia, sino de un poder que se confía a cada ciudadano en nombre de todos.
De ahí que cabe considerar que, para ejercerlo adecuadamente, es necesario que el votante realice previamente un análisis sensato y objetivo de las propuestas electorales de los candidatos, dejando de lado el espectáculo y las superficialidades politiqueras que tanto imperan en nuestra débil y vulnerable democracia.
No hacer este examen, hacerlo a medias o cumplirlo solamente bajo la tramposa guía del teatro mediático o de la bufonada constituye una imperdonable falta contra la República, tan permeable al asalto ambicioso de los piratas políticos, cuya descomunal audacia y pequeñez de espíritu degradan la política al nivel de una malévola fuente de enriquecimiento fácil y de una egoísta plataforma para ejercer el poder con fines mezquinos, en desmedro de los demás.
Ante ello, la mejor arma para enfrentarlos y salirles al paso es el voto consciente y responsable que, por un lado, identifique las candidaturas con propuestas serias, razonables y verdaderamente realizables, respaldadas por hojas de vida limpias al servicio de la colectividad y, por otro, cierre el paso a aquellas insustanciales, vacías, hijas de la improvisación, el demérito y la fatuidad.
Escoger adecuadamente alcaldes, prefectos, concejales y presidentes de juntas parroquiales, como lo haremos el próximo 29 de noviembre, será siempre una tarea compleja que demanda una alta dosis de responsabilidad, algo que, lamentablemente, no suele darse en el Ecuador. De ahí que sea hora de cambiar la historia mediante una participación activa y juiciosa, inmunizándonos, a través de la información, la educación y la cultura política, contra el aguijón de la novelería, la demagogia, el populismo y el sectarismo. ¡Manos a la obra!
