Rafael Riofrío
La máxima bíblica “los últimos serán los primeros” resuena con dolor y urgencia en el Ecuador devastado por la violencia criminal, la informalidad asfixiante y el desmantelamiento del Estado social. Sin embargo, delegar la justicia a una promesa metafísica no es más que un anestésico ideológico que termina legitimando el orden capitalista, la acumulación de riqueza de unos pocos y la postergación de las grandes mayorías populares. Para que esta premisa cobre sentido en nuestra realidad, debe despejarse de abstracciones y leerse como un mandato insoslayable de transformación social inmediata.
En nuestro país, los jóvenes son empujados hacia la extorsión o el reclutamiento por la total ausencia de horizontes; la clase trabajadora está sumida en la precariedad; y las familias de las periferias están acorraladas por el miedo. Estas son las caras de la crisis neoliberal. Frente a ello, las recetas del régimen profundizan la herida mediante la austeridad, recortando el presupuesto social para blindar los intereses de la banca y los grandes grupos económicos. Ante esta ceguera criminal y mientras persista el hambre y la inestabilidad en los hogares obreros, jamás habrá paz.
Disputar el territorio a las mafias y frenar la migración exige abandonar el Estado militarizado. La verdadera seguridad no nace de la fuerza, sino de disputarle la juventud al crimen mediante oportunidades reales. Esto requiere descartar las recetas del FMI para impulsar incentivos tributarios y subsidios a las micro empresas, permitiendo formalizar a los jóvenes con salarios dignos y seguridad social. Democratizar la economía, dignificar el trabajo y fomentar la inversión pública en empleo juvenil son las herramientas más potentes para reconstruir la patria y sanar el tejido social.
Paralelamente, el autoritarismo desata una feroz persecución política contra líderes de la oposición, vulnerando los principios democráticos. Usar el aparato estatal para hostigar a voces críticas mediante campañas de descalificación no es democracia, sino un desesperado intento por perpetuar un modelo injusto. Desactivar el pluralismo mediante el miedo reduce el debate a un monólogo dictado por la fuerza. A esto se suma la absoluta incapacidad gubernamental frente a la crisis penitenciaria, donde las cárceles operan como centros de mando del narcotráfico.
Es hora de sacudirse de este modelo opresor y asumir que “los últimos –nunca– serán los primeros” bajo el sistema actual es el pilar indispensable para romper las cadenas de la dominación y construir un poder verdaderamente popular.
