La felicidad del hombre

P. Milko René Torres Ordóñez

Hablar de la felicidad es abrirnos a un misterio que abarca al hombre, le interpela, le mueve a buscar respuestas a sus interrogantes más profundos. Aristóteles enseñaba que todos los hombres perseguían la felicidad. Muchos son felices ganando dinero, viajando, cada uno cree que posee el secreto de su propia felicidad.

Una clave importante es el conocimiento interno que cada uno tiene de sí mismo, y saber lo que quiere en la vida. Según Platón son felices los que poseen bondad y belleza. Para Epicuro el placer es el bien y la función de las virtudes es proporcionar los medios para ese fin. Para Sócrates la felicidad es el último bien del hombre y se logra con la práctica de la virtud. La virtud es serena y estable, proviene de la contemplación de la verdad que se logra con la práctica de la virtud. Este breve recorrido en las páginas de la filosofía griega sienta las bases para reflexiones que tienen plena vigencia. Me permito citar a Alejandro Simón Partal con su ensayo “Las virtudes de lo ausente: fe y felicidad en la poesía española contemporánea”, para quien la felicidad es “esa alegría sencilla que uno rasca algunas horas. La felicidad tiene que ver con los instantes puntuales. El devoto del placer acaba convirtiéndose en el esclavo del consumo, que le llevará a la insatisfacción permanente solo aliviada por instantes de euforia que nada tendrán que ver con la felicidad”. La felicidad está simplemente en la vida misma. En el Nuevo Testamento nos encontramos con el texto programático más importante en la historia de la humanidad: las bienaventuranzas. “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia” (Mt. 5, 1-3). Es la fe cristiana centrada en Dios. El fin último del hombre es vivir en paz consigo mismo para que el mundo se llene de felicidad. Lo contrario a la felicidad es la banalidad. Una tendencia actual que confunde las cosas, que cambia los esquemas del mundo para vivir el día a día. La poesía se ha convertido en un tema de marketing, en el que importan sobremanera las ventas. El arte verdadero pasa a un segundo plano. Un epicureísmo puro. En los seres humanos existe-sostiene el poeta español Luis Alberto de Cuenca -un ansia de valores permanentes, eso que Mircea Eliade llamaba el tiempo sin tiempo. El tiempo de los hombres, en la búsqueda de la felicidad, puede diluirse en evocaciones vanas si no tiene claro su horizonte. En la plenitud del ser está la solución de todos los males que existen en el mundo: el hedonismo, las guerras, el afán de poder, el querer tenerlo todo. El Papa Francisco sella nuestra reflexión de esta manera: “Ser feliz, no es tener un cielo sin tempestades, camino sin accidentes, trabajos sin cansancio, relaciones sin decepciones. Es encontrar fuerza en el perdón, esperanza en las batallas, seguridad en el palco del miedo, amor en los desencuentros. Reconocer que vale la pena vivir la vida, a pesar de todos los desafíos, incomprensiones, y períodos de crisis.”